¡A quien le quede el saco…!

¡PEDRO GONZÁLEZ ESTÁ EMBRUJA’O!

Por: M.Sc. Celis Enrique Rodríguez Serrano.

Amigo lector, si su nombre es Pedro y su apellido González, ha de haberse sorprendido con el título de este artículo. Si tiene usted otro nombre, seguramente se está preguntando quién es ese señor que está embruja’o. Y si es usted margariteño, tal vez esté pensando en un pueblito ubicado al norte de la isla. Pero si éste fuera el caso, que no lo es, entonces el título sería «Pedrogonzález está embruja’o». Sí, «Pedrogonzález» pegado.

Algunos no estarán de acuerdo conmigo, sin embargo acá argumento y defiendo mi posición.

No pretendo imponer mi criterio lingüístico; y entiendo a quienes, desde su lógica idiomática, pretenden defender el uso de algún término o frase. Yo mismo he sido un acérrimo defensor del lenguaje, y he dedicado gran parte de mi vida profesional a promover su buen uso. Incluso, en ocasiones me he reusado a algunos cambios impulsados por la misma Real Academia Española; por ejemplo, cuando impuso la eliminación de la tilde o acento en la palabra «solo». Pero mi irreverencia no fue una oposición per se, sino argumentada: El vocablo «solo» puede cumplir dos funciones gramaticales dentro de una oración.

1) Puede ser adverbio: «iré sólo (solamente) si me lo pides»;

2) Puede ser adjetivo predicativo: «Si me lo pides, iré solo (solitario)».

De acuerdo con la acentuación diacrítica, cuando una palabra cumple funciones gramaticales distintas, una se acentúa para evitar confusión; en este caso, cuando «solo» cumple función adverbial. Por lo tanto, y siguiendo lo establecido por la acentuación diacrítica, me niego a dejar de acentuarla si cumple esta función.

No obstante, vale recordar el planteamiento de Ferdinand de Saussure, quien señala que la lengua, por ser del dominio de todos los individuos, es una institución social viva. Esto hace que, indefectiblemente, esté sujeta a cambios y a mutaciones.

Como ejemplos podemos mencionar algunos nombres de ciudades o pueblos: Juangriego y Pedrogonzález.

En el caso de «Juangriego», según algunas versiones, éste debe su nombre a su fundador. Al respecto, Ángel Félix Gómez señala que «la ciudad fue fundada por un señor proveniente de Grecia, llamado Juan; quien habitó en un sitio denominado ‘El pozo del moro’, donde levantó una casa». Más tarde, la estructura «Juan el griego», por el uso y por características sociogeográficas, pasó a ser una sola palabra «Juangriego»; como la conocemos hoy, incluso, en documentos oficiales.

Algo similar ocurrió con «Pedrogonzález».

Según el «Diccionario margariteño» de Rosauro Rosa Acosta, existen dos versiones del origen de este nombre:
1) Se debe al capitán Pedro González Cervantes, quien supuestamente fundó el pueblo, pero de esto no existen documentos probatorios; y
2) Se debe al beato Pedro González Telmo, protector de los pescadores. Está versión está más arraigada en la población.

Sin embargo, ambas versiones son válidas para el tema que nos ocupa.

Considero que «Pedrogonzález» responde a los mismos parámetros lingüísticos que «Juangriego». Es más, toda mi vida ha transcurrido en Pedrogonzález. En mi época escolar diariamente escribíamos la fecha así: «Pedrogonzález, 23 de junio de 2026».

Además, desde el punto de vista fonético, pronunciamos esa estructura como una sola palabra. Y, finalmente, como habitantes de una zona costera abierta al mar, y expuestos a las interferencias y ruidos que esto ocasiona, estamos obligados a hablar en voz alta y rápido, por lo que no es igual decir «Yo soy de Pedro González», que decir «Yo soy de Pedrogonzález».

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