A quien le quede el saco…!

«EL MAL USO DEL LENGUAJE INDUCE EL MAL EN EL ALMA»

Por: M. Sc. Celis E. Rodríguez Serrano

El título de este artículo pertenece al gran filósofo Sócrates. Lo he tomado como referencia por lo siguiente: Seguramente usted habrá escuchado o leído la famosa «teoría de la inclusión» en el lenguaje, que justifica el uso de expresiones tales como «Todas y todos las niñas y niños»; «los y las personas»; «los compañeros y las compañeras»; «los venezolanos y las venezolanas», etc. Sin olvidar aquello de «libros y libras», «millones y millonas», «liceos y liceas» que ya son casos crónicos y extremos.

Esta práctica obedece, supuestamente, a la intención de evitar la discriminación en el uso del lenguaje; sin embargo, quienes se expresan de esta forma demuestran una ignorancia supina respecto a las normas básicas del uso del idioma, e incurren en una grosera deformación del mismo.

Y no es que sea yo un defensor per se de estas normas; al contrario, me inclino más hacia la pragmalinguística, o al análisis y al estudio de lenguaje desde la pragmática, desde el uso. Pero, a mi juicio, este uso se sale de los límites lógicos, que contrasta con lo que en teoría lingüística se ha denominado: Economía del lenguaje. Éste es un principio básico, acuñado por el lingüista francés André Martinet, que habla de la tendencia del ser humano de comunicarse con el menor esfuerzo, utilizando la menor cantidad posible de signos.

Por ejemplo: En estos días me dirigía en un bus desde Puerto la Cruz a Barcelona. El colector de la unidad, que suele anunciar las paradas, se dirigió a los pasajeros, y en forma de pregunta les dijo: «¿Complejo?»
Una joven respondió en tono afirmativo y fuerte: «¡Complejo!»
Entonces el colector, dirigiéndose al conductor, reafirmó diciéndole: «Complejo».

Sin dudas, se describe aquí un proceso de comunicación con todos sus componentes, en el cual sólo se utilizó una palabra, y los elementos paralingüísticos relacionados con la entonación.

Pero volviendo al tema que abrió este artículo, vale mencionar que en nuestro idioma tenemos varios tipos de sustantivos: «Niño», por ejemplo, pertenece a la categoría de «sustantivos genéricos». Al igual que «trabajador», «amigo», «animal», «educador», etc. De acuerdo con esto, la expresión «Las y los niñas y niños merecen mayor atención del Estado» es incorrecta. Ésta rompe con el principio de economía del lenguaje, y contraría la categoría genérica de ese sustantivo. Bastaría con decir: «Los niños venezolanos merecen mayor atención del Estado». Esto también aplica para: «todos los trabajadores merecemos mejores salarios»; «amigos, bienvenidos a esta reunión»; «los educadores están abandonados», etc.

En el caso de «todos», es un pronombre indefinido que implica la totalidad de un grupo: ¿Llegaron los invitados? Sí, ya llegaron todos. Un «inclusivista» diría: ¿Llegaron las y los invitados y invitadas?

Y otro «inclusivista» ridícula y erróneamente respondería: Sí, ya llegaron todas y todos los invitados. Sin importarles a ambos los errores de cacofonía («y invitadas») y de concordancia («todas los invitados»).

El problema es que esta deformación del lenguaje ha sido impulsada desde el mismo Estado. Esto lo podemos ver en la redacción de algunos artículos de la Constitución Nacional. Incluso, en el título le leyes, como por ejemplo: «Ley Orgánica del trabajo, los trabajadores y las trabajadoras»; donde, además del pleonasmo, omiten el uso de la preposición «de». Lo correcto en esta lógica «inclusivista» sería: «Ley orgánica del trabajo, de los trabajadores y de las trabajadoras». Yo me que quedo con «Ley orgánica del trabajo». Lo mismo ocurre con la «Ley orgánica de protección de niños, niñas y adolescentes»: «Ley orgánica de los niños y de los adolescentes».

En conclusión, el fin último del lenguaje es garantizar la eficacia y la efectividad de la comunicación. Para qué complicarnos la vida, y el alma, en este sentido.

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