Marcando El Rumbo…

LA FÁBRICA DE HUMO Y EL COFRE DE ARENA

Por: César Malavé Carvajal

En una nación bendecida por el sol y un mar turquesa, un grupo de guardianes recibió las llaves de la Gran Tesorería. Prometieron que el oro del subsuelo; esa sangre negra y espesa; traería pan, luz y escuela para todos. Sin embargo, durante años, mientras las despensas se vaciaban y las lámparas se apagaban, los guardianes subían a los balcones para gritar: “¡Es culpa de los vientos del norte y de los piratas extranjeros!” El pueblo, con el estómago rugiendo, buscaba al pirata en el horizonte, mientras los guardianes construían castillos de cristal en tierras lejanas
.
Pero un día de enero ocurrió algo inaudito. El sumo sacerdote del palacio, maestro en el arte de la palabra, se paró ante la multitud. Esta vez no señaló al norte. Con voz cansada, confesó lo que los susurros de las plazas ya sabían: “Ya no podemos ser más ladrones. Mientras les pedíamos apretarse el cinturón, nuestros capitanes vaciaron el cofre y lo llenaron de arena”.

El silencio fue más pesado que la humedad de la selva. El sacerdote no pedía perdón; pedía aplausos por el hallazgo. Intentaba convencer a la gente de que el incendio fue obra de «malos súbditos», pretendiendo que él, con las llaves siempre al cuello, apenas notaba el olor a humo. En la capital, y hasta en la isla del noreste donde el aire sabe a sal, la gente se miró a los ojos. Comprendieron que el relato de los piratas fue la cortina de humo más cara de la historia.

El problema no era el oro esfumado, sino que los custodios admitían el saqueo cometido bajo su propia guardia. Al final, mientras el sacerdote prometía que ahora «la arena sería sagrada», hasta los niños comprendieron que un guardián que confiesa la podredumbre de su propia casa no ofrece justicia, sino que intenta salvar el pellejo antes del naufragio. Dicen que, desde entonces, cuando los guardianes hablan de ética, hasta las palmeras se inclinan de risa o de vergüenza.

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