
Krîstel Guirado. Bastión Imborrable… de nuestro hacer literario y cultural venezolano.
Mirimarit Paradas
Preámbulo:
El pasado 30 de Julio de este año 2026. Nos sorprendió la partida a otros verdes que no son los nuestros de la reconocida y destacada: Poeta, Cuentista, Dramaturga y Actriz Krìstel Guirado, quien nos deja a sus 57 años, pero, permanecerá por siempre su legado y entrega en cada una de las facetas profesionales que ejerció con ética y humildad. Dejando un gran vacío en todas las personas y trabajadores culturales que tuvimos el privilegio de conocerle y celebrar sus logros. Villa de Cura, 1968. Licenciada en Letras (2000) y Magister Scientiarum en Lingüística por la Universidad Central de Venezuela (2008). Doctora en Lingüística Hispánica por la Universidad de Zaragoza, España (s.f.). Formó parte del equipo de docentes-investigadores del Instituto de Filología “Andrés Bello” de esa magna casa de estudios. Dedicada al estudio de la gramática y sus usos en el español de Venezuela. Además de profesora universitaria en la Universidad Nacional Experimental de las Artes, donde se dedicó a la enseñanza y la gestión de revistas académicas. Además de impartir talleres y cursos de perfeccionamiento de análisis del discurso, poesía, narrativa, ensayo y obra dramática en institutos educativos nacionales. Fue miembro fundador de la radio alternativa comunitaria La Voz de Guaicaipuro.
Entre sus obras se destacan: Quebrantos (dramaturgia. Secretaría de Cultura del estado Aragua, Maracay, 1993), Tacones lejanos (cuentos. Editorial La liebre libre, Maracay, 1995), Las inútiles rosas del tiempo (dramaturgia. Biblioteca Municipal Augusto Padrón, Maracay, 1996), San Ignacio es un lugar común (dramaturgia. Alcaldía de Ribas y Fondo Editorial de Senderos Literarios, La Victoria, 1999), Tres textos para teatro (dramaturgia. El perro y la rana, Caracas, 2006), Los juguetes más grandes (cuento. COFAE, Caracas, 2006), Amada Begoña / Antología de voces masculinas (poesía.
La Mancha Ediciones, Caracas, 2012), Amapola duerme de día (Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, Caracas, 2018), Árboles y abismos (poesía. Túnel Diez Ediciones, Los Teques 2020), Tucutunemo, río de aguas espumosas (Fondo Editorial Fundarte, Caracas, 2023), Lírica Hispana: Mujer y Gestión Editorial (Fundación Editorial El perro y la rana, Caracas, 2025) entre otros. Merecedora de premios y reconocimientos, entre otros: Premio Dramaturgia del I Festival de Monólogos Armando Urbina por su obra Quebrantos (1990), Premio Único Mención Narrativa del Concurso Literario Pedro R. Buznego de la Casa de la Cultura de El Consejo con su obra: Carta para contar la historia que se enrosca sobre sí misma y forma círculo como la serpiente que se muerde la cola El Consejo, Aragua (1994), Premio de Dramaturgia de la II Bienal de Literatura Nacional Augusto Padrón por su obra Las inútiles rosas del tiempo (1995), Premio de Dramaturgia en la Bienal de Literatura Nacional Semana de la Juventud por su obra San Ignacio es un lugar común (1998), Primer lugar de la II Bienal de Literatura Infantil del Instituto de Altos Estudios de Control Fiscal y Auditoría de Estado, Fundación Gumersindo Torres (Cofae), con el cuento Los juguetes más grandes (2005) y Premio del VI Concurso de Dramaturgia con Amapola duerme de día (2016).
Vertiente, se complace en compartir con sus asiduos lectores tres textos de su libro Tacones Lejanos.

UNA MUÑECA PARA UNA VENTANA
Yo juego
con tu cuerpo de tela
Artemisa
con tus manos abiertas
y tus piernas largas.
María Eugenia Hernández
¡No, ya no quiero coleccionarlas más! Mi casa, como tú bien lo sabes, está llena de ventanas. No, no me refiero a las ventanas que le son propias, sino a las otras. Bien que compartes conmigo este empeño de preservar la memoria, manía dentro de la cual se cuenta esta casa incesante de las ventanas viejas de casas prontas a demoler, para luego colgarlas en alguna pared baldía de la casa y colocar tras ellas muñecas adultas. ¡No, Barbies no! Muñecas como las otras, pero en vez de ser niñas tienen cara de mujer, con pestañas largas, sombra azul en los párpados y unos grandes ojos que te miran sugestivamente Son una especie de muñecas seductoras, de hermosos senos y moldeados muslos.
He llegado a pensar que las hicieron con la idea original de que fuesen juguetes para varoncitos SI, eso es lo que ocurre. Como yo coloco de ellas sólo pedazos, tú no las has notado. Además, son las ventanas lo que atrapa tu atención. Pero habla una, poeta, había una ventana que no había lo grado adquirir. Pasa adelante para que la veas.
Estaba en una casa que debía caerse de un momento a otro, una casi horizontal que se encontraba en una de las calles que me lleva al trabajo. Todavía hoy no conozco a los dueños de la casa y nunca he visto a nadie entrando o saliendo de ella. Kristel, que me conoce como nadie y que como pocos me aprecian, había jurado conseguírmela. Ella había notado (ella, yo no, porque yo no me acercaba a la casa) que la ventana estaba apenas amarrada a la tela metálica que soportaba el bahareque y que sobresalía, justo allí, en el encuentro del balaustre con el barro. Prometió que una noche iríamos a buscarla. Pero dime, flaco, ¿cómo dejaba yo que Kristel se acercara a la casa? Yo sabía que iba a caerse y se lo decía siempre. Pero ella se empeñaba en pasar por su lado y tomar cada día los detalles de la ventana. Su plan no podía fallar. Tenía las herramientas necesarias y calculada la hora exacta de la madrugada, aquellas en la que el pueblo existe por dos o tres que nos desvelamos. Todos los días me decía “vamos hoy”, y yo siempre me negaba: “!Esa casa nos puede caer encima, Kristel!”.

Pero esa noche, mientras me observaba limpiar las ventanas que están aquí en la sala, abrió sus grandes ojos como canicas pulidas (sus pestañas eran más negras sobre el fondo azul de sus párpados) y, mirando el fundo vacío del pasillo, me pregunta: “Esa pared es para tu ventana, ¿verdad? ¿Por qué no vamos hoy? Le dije que no tenía muñeca para decorarla, que cuando tuviera una íbamos. Ella se levantó y salió sin decir nada más. Pero en su pocho sus senos se enderezaron come nunca y sus piernas, bien moldeadas, caminaron con una determinación irrevocable. Entendí que iría por la ventana y salí tras ella.
En la cuadra precisa la vi forcejear con el barrote y vi como comenzaron a caer las tejas, la caña amarga, los trozos marrones descubiertos de la azul asbestina, hasta que la ventana cedió, junto con la casa, a tanta seducción y cayó sobre ella. Entonces si me acerqué, ¿y podrás creer, Alberto?, la encontré así como la ves ahora en esta pared. Su cuerpo mutilado, esa pupila mirándome dilatada, seductora aún, pero fija. Sus pestañas de nylon más negras que nunca. Tuve que peinarle un poco el cabello y limpiarle las uñas. Al tronco no lo pude salvar, los agujeros de las articulaciones perdieron la forma con el peso de la ventana.
Esta mañana salí y la calle toda era un bazar y las ventanas eran grandes aparadores. Todos lucían muñecas que me miraban ansiosamente. Pero sus ojos bordados y sus fláccidas piernas a rayas, que colgaban hasta el suelo, no despertaron en mi seducción alguna Por eso, Alberto, no quiero ya coleccionar ventanas.
INSERCIÓN
Dejo los cuadernos sobre el mueble y lo pienso un poco. Vengo a la cocina, rellena un pan con mermelada y me sirvo la última taza de café mientras leo en un diccionario: Cerebelo m. Anat. Parte posterior del encéfalo. La perra, velándome, da vueltas a mí alrededor y me sigue por toda la casa. Yo, incesantemente, busco una aguja. No la encuentro. Comienzo a hurgar de muevo, pero ahora en los sitios donde nunca hubiese esperado encontrar alguna. La casa es un verdadero desorden. Vengo a la nevera, levanto una revista y aquí está: el paquete amarillo con dos mujercitas sonrientes que mamá compró la semana pasada. Estoy recordando claramente las últimas palabras del profesor. La perra se apoya en las patas traseras haciendo equilibrio. Como recompensa le doy el pedazo de pan que me queda. La observo. Hace al comer unas muecas exageradas que me causan una vaga gracia. “Es improbable, no deja huellas…”. He buscado en libros y enciclopedias, pero no encuentro dato alguno sobre la relación tiempo-efecto. No sé si tendré los segundos necesarios para retirar la aguja, pero debo arriesgarme. Repaso mis anotaciones del lunes, el profesor apunta: “En la base de lo que nosotros llamamos nuca se forma una especie de hendidura. Si apretamos la cabeza del sapo un hacia atrás, lograremos sentirla mejor.
Ahora claven la aguja en el centro de la hendidura, exactamente en el centro, y mataremos al sapo sin causarle dolor, de forma rápida y sin dañarlo físicamente…”. Guardo estos libros, coloco el paquete de agujas donde lo encontré y dejo sólo la que voy a utilizar. Tomo la bolsa de pan, agarro otra y se lo doy a la perra para entretenerla. Sin pensarlo mucho, palpo entre la cabellera el orificio, me inserto la aguja y, en efecto, tengo tiempo de retirarla y lanzarla lejos.
LA VISITA
Estuve allí en el momento de su muerte. Nunca supe quién era, jamás me interesó su nombre, soló ese olor. Yo tendría diez u once años cuando lo descubrí.
Jugaba yo en casa de Cleo cuando sentimos un grito y un largo lamento. “Escucha ¡dijo!, se murió el señor de al lado”. Salimos corriendo a curiosear. En la puerta de la casa la señora esperaba ayuda, estaba sola con él. Cleo se quedó con la señora, pero yo me aventuré y entré. Corrí la cortina del primer cuarto y lo vi. Todavía estaba vivo, pero se estaba ahogando. Su pecho emitía agudos silbidos que culminaban de pronto en un breve silencio. Los ojos hundidos, el costillar de tóxico dibujado en el pecho, los labios blancos, las venas hinchadas y aquel olor.
Era un olor distinto, un olor con temperatura. No hedía pero desagradaba. Era un olor primitivo, casi maternal pero repugnante. Se me metió dentro y me recordó algo que nunca había vivido, como si el primer recuerdo partiera del último.
No sé en qué momento dejé de escuchar los silbidos y la tos. Cuando me percaté de que el hambre había muerto, abandoné la casa sin que el olor abandonara mi memoria. Me persiguió durante semanas. Finalmente lo olvidé y desapareció de mi vida mientras la adolescencia y su alegría no quisieron saber de la fatalidad.

La abuela murió y tuve que asistir al funeral. Me marcó para siempre ese minuto en el que me acerqué a la urna y comprendí que mi nana no volvería a ser la misma. La nariz rellena con ese amarillento algodón. La sonrisa inamovible, eterna, gracias al recurso de la pega mal disimulada en sus labios y a aquella blancura impropia de su piel morena. Quise abrazarla pero no pude. Me aferré un poco más al vidrio que nos separaba y en la rígida expresión de su rostro estaba esperándome. Era aquel olor.
Sólo después del entierro y tras volver a casa dejé de sentirlo. Pero el acto social de acompañar a un doliente quedaría vedado para mí. Sé que suena ridículo, pero estoy segura de que es el olor de la muerte. Un olor característico, único. Ni el aroma de las flores lo logra disipar. Durante años dejé de asistir a esas ceremonias para evitar su encuentro y el recuerda de aquella sensación ya casi se había extinguido.
Pero hoy, cuarenta años después de aquella primera vez, esta tarde he vuelto a sentirlo. Está acaso en mi cama o en mi ropa o en la expresión de mi rostro en el azogue. El cuerpo confuso, todo olfato y presentimiento.


