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P E S C A N D O . . .
Marcando el Rumbo

ENTRE EL LADRIDO Y LA CONSTRUCCIÓN

César Rafael Malavé Carvajal

Existe una célebre máxima que la tradición popular atribuye erróneamente a la obra de Don Quijote, pero que sintetiza con exactitud una de las más lamentables patologías de la política contemporánea: el ruido estridente de quienes ladran al paso de los que avanzan. En la vida pública abundan actores cuya única credencial es el ataque sistemático y cuya única obra es la descalificación. Incapaces de formular una propuesta antropogógica, de estructurar un proyecto de ley o de exhibir una trayectoria de servicio palpable, convierten el encono contra el talento ajeno en su única forma de simular existencia.

Esta conducta no es nueva. Ya a principios del siglo XX, José Ingenieros caracterizaba al hombre mediocre como aquél que, al carecer de ideales y de luz propia, se alimenta del resentimiento. El mediocre no combate con ideas porque no las posee; busca rebajar la excelencia al nivel de su propia vacuidad. Y es precisamente esa misma abulia intelectual la que engendra el espejismo del mesianismo.

Quienes pasan los días criticando a quien trabaja son los mismos que vegetan en la inercia, esperando pasivamente a un salvador o una salvadora que venga a resolverles la existencia. Subordinar el destino de una nación a la figura de un caudillo providencial no es política; es la abdicación definitiva de la ciudadanía.

La reconstrucción de la patria no vendrá de la mano de seres iluminados ni se logrará cediendo ante la estridencia de los críticos de oficio.

La verdadera política civilista, la que edifica e institucionaliza, requiere formar voluntades, defender la meritocracia, promover el debate de altura y comprender que las sociedades no se salvan por milagro individual, sino por el trabajo consciente, organizado y diario de su propia gente. Mientras la mediocridad aguarda un amo y gasta sus fuerzas en la murmuración estéril, el liderazgo de ideas mantiene el rumbo firme y sigue cabalgando.

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