¡A quien le quede el saco…!

¡NO MÁS TRAGEDIAS, DIOS MÍO!

Por: M.Sc. Celis Enrique Rodríguez Serrano.

Mi solidaridad infinita con las familias, víctimas directas de los terremotos ocurridos el pasado miércoles 24 de junio, día de San Juan. Cuánto sufrimiento nos ha tocado vivir a los venezolanos; habremos de patentar como nuestro el concepto de resiliencia.

Tal vez alguno piense que politizo con mi opinión, no amigo lector; el problema es que ya estoy cerca de los 60 años, y la conciencia me obliga a decir lo que veo y siento. A mi juicio es imposible no relacionar esta catástrofe natural con la otra tragedia política que hemos vivido en casi tres décadas. Y no me digan que «los pueblos tienen los gobiernos que se merecen»; porque lo que hoy algunos llaman revolución, no la merecíamos ni la buscamos, nos la impusieron.

Ahora nos ha tocado enfrentar dos devastadores terremotos que han enlutado a miles de hogares venezolanos; ¿Pero no hay acaso hoy miles de familias venezolanas enlutadas por razones que usted y yo conocemos?

Ciertamente la tragedia que hemos vivido es obra de la naturaleza, y nadie tiene culpa de ello. Estamos claros en que la tierra tiene vida propia, y en ocasiones realiza movimientos de reacomodo sin permiso y sin «pensar» en las consecuencias que pueda ocasionar a quienes la habitamos. Pero lo que vimos el día de San Juan no fue sólo la destrucción de gran parte de Venezuela, sino que también quedaron en evidencia años perdidos en una supuesta construcción de un «sistema político» utópico, en detrimento de las bases y fundamentos sociopolíticos de un verdadero Estado.

Por otra parte, si es de la naturaleza la responsabilidad de los terremotos, ¿a quién responsabilizamos del eminente deterioro y/o abandono de las instituciones de sismología, que otrora existieron en el país; de la carencia de equipos y de profesionales en labores de rescate, a pesar de la alta probabilidad de sismicidad de gran parte de nuestro territorio; de la indolencia y falta de atención oportuna ante la desesperación de las víctimas en pleno desastre; de los hospitales colapsados en su totalidad…?

Hemos visto a las personas apartando escombros con sus manos para rescatar a sus familiares; a víctimas semienterradas pidiendo auxilio; a padres llorando porque habían dejado de oír las voces de sus hijos entre los escombros; a niños llorando la pérdida de sus padres…

¡Qué vaina tan arrecha!
En muchas ocasiones he visto, que cuando ha habido alguna tragedia natural en otro país, aflora ipso facto el espíritu solidario y «revolucionario». Salen personal y toneladas de ayuda humanitaria, lo cual me parece muy bien, porque los venezolanos somos solidarios, y en estos días lo hemos demostrado. Pero ahora que la tragedia nos ha tocado directamente en el alma, nuestras víctimas no han sentido esa misma solidaridad.

Muchos hermanos venezolanos han muerto por la negligencia de quienes están en la obligación de ayudarlos.

Es increíble que la ayuda internacional, proveniente de varios países del mundo, llegara a los sitios de la tragedia primero que la ayuda del Estado. Mientras las misiones internacionales llegaban con equipos sofisticados, los familiares de las víctimas apartaban escombros con las uñas. Y es aquí donde veo una primera relación de esta tragedia natural con nuestra tragedia política: Mientras en otros países sus gobiernos se dedican a cuidar a sus habitantes; a prepararse para enfrentar catástrofes naturales como éstas; a fortalecer las instituciones para que haya capacidad de respuesta ante situaciones como la que vivimos… los que han gobernado a Venezuela los últimos 27 años se han dedicado destruirnos institucional, social y humanamente.

Todos los países del mundo han dejado en evidencia la incapacidad y la anomia de la revolución.
Para colmo, tuvimos que ver a personas y a supuestos funcionarios cargando con equipos electrodomésticos, y extrayendo bienes de las víctimas. He aquí otra relación entre nuestras tragedias: Esos saqueadores, en su mayoría, eran jóvenes, «el hombre nuevo» creado en «revolución». Ellos, obviamente, no representan nuestro gentilicio venezolano, pero encarnan la maldad y las consecuencias de la destrucción del sistema educativo y social en toda su extensión. Ahora nuestros retos se maximizan, porque la reconstrucción del país tendrá que ser a gran escala, y desde TODOS los sectores vivos de la nación: El momento es ya.

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