
¡DAME UN VASO DE AGUA!
Por: M. Sc. Celis Rodríguez Serrano
En nuestras conversaciones diarias es normal, y hasta lógico, oír “dame un vaso de agua”; “voy a tomarme un vaso de agua”; “no me dio ni un vaso de agua”, etc. Sin embargo, nunca falta quien por simple desconocimiento del uso del lenguaje, o por querer aparentar ser un “orador culto”, increpa y corrige a quien profiere algunos de los enunciados supra señalados, diciéndole que es incorrecto decir “dame un vaso de agua”, que lo correcto es “dame un vaso con agua”; so pretexto de que los vasos no son de agua, sino de plástico, vidrio u otro material.
Al respecto, vale destacar que las preposiciones (de, en, a, con, bajo, etc.) por sí solas no significan nada, por lo que su significado viene dado por el contexto que en la cadena sintagmática les proporciona la oración.
Esto justifica, por ejemplo, el significado adquirido por la preposición “de” en estructuras tales como “caja de madera” o “vaso de plástico”, donde su significado sí se refiere al tipo de material usado en la elaboración de ambos objetos. Pero en el caso específico de la estructura “vaso de agua”; “de” adquiere el significado de medida o cantidad. En este sentido, cuando cualquier persona se dirige a otra solicitándole “un vaso de agua” recibirá como respuesta un vaso lleno del preciado líquido, sin importar el tipo de material del que esté hecho dicho vaso; en cambio, cuando se solicita “un vaso con agua”, lo cual también puede ser correcto y aceptable, como no se especifica la cantidad, se corre el riesgo de recibir un vaso conteniendo el volumen de agua que se le ocurra al interlocutor.
Una situación parecida ocurre cuando se solicita “un vaso de hielo”, la respuesta inmediata será un vaso lleno de hielo; mientras que cuando se pide “un vaso con hielo” habrá que especificar la cantidad que deseamos.
Pero hurgando un poco más en el uso del lenguaje, encontramos que esas hipercorrecciones aplicadas por algunos en el enunciado “dame un vaso de agua”, de ser aceptadas como verdaderas, también deberían aplicar en expresiones tales como “sírveme una tacita de café, y le pones una cucharita de azúcar”; “dame cinco sacos de cemento”; “hice dos tazas de arroz”; “échale media tacita de leche”…
Pero lo curioso y contradictorio de estos puristas, que pretenden erigirse como eruditos del lenguaje, es que en estos tiempos de racionamiento y escasez del vital líquido les oímos decir: “tengo el tanque de la casa seco, y tuve que comprar un camión de agua”; o “dejé la llave del lavamanos abierta, y se me fue el tanque de agua completico”. Cuando se utilizan estas expresiones nadie se detiene a pensar en esas nimias correcciones, por cuanto el objetivo principal como hablantes y usuarios de una misma lengua es hacernos entender, y entender a nuestros interlocutores.
Este objetivo permite a los hablantes crear sus propios patrones lingüísticos, y usarlos de acuerdo con sus necesidades comunicativas, o en determinados casos crear sus propios patrones, teniendo siempre presente el carácter pragmático del lenguaje; y como marco referencial, el contexto sociocultural donde se desarrollan los actos de habla.
