
Cada 3 de mayo, el aire en Pampatar se vuelve más denso, cargado no solo del salitre del Caribe, sino del fervor de un pueblo que se vuelca a las calles. Hoy, la «Ciudad de la Sal» no duerme; celebra las festividades en honor al Santísimo Cristo del Buen Viaje, el protector de los navegantes y el alma de la fe margariteña.
La historia del Cristo de Pampatar es tan fascinante como su imagen. Cuenta la leyenda que el barco que lo transportaba hacia Santo Domingo no lograba zarpar; cada vez que intentaba alejarse de las costas de Margarita, una tormenta repentina obligaba a la tripulación a regresar a la bahía.
Tras varios intentos fallidos, los marinos comprendieron el mensaje divino: el Cristo quería quedarse en Pampatar. Al desembarcar la caja que contenía la imagen, el mar se calmó de inmediato. Desde entonces, el «Viejo» (como cariñosamente le llaman los locales) se convirtió en el faro espiritual de la isla.
Para el hombre de mar, el Cristo del Buen Viaje es más que una figura religiosa; es un confidente. Antes de lanzar las redes o enfrentar la incertidumbre del océano, el pescador pasa por la iglesia para pedir:
- Protección frente a las tempestades.
- Abundancia en la faena diaria.
- Un regreso seguro al hogar.
«En cada peñero que surca nuestras aguas, hay una promesa hecha al Cristo y un agradecimiento que vuelve a tierra firme.»
Hoy, Pampatar se viste de gala. Las campanas del santuario resuenan llamando a la misa solemne, mientras los fieles, muchos cumpliendo promesas llenan el templo. La procesión es el punto culminante: la imagen recorre las calles empedradas, rodeada de cantos, flores y el estallido de fuegos artificiales que iluminan el Castillo de San Carlos Borromeo.
Es un día de identidad y reencuentro. Es la oportunidad de agradecer los favores concedidos y renovar la esperanza en que, sin importar cuán picado esté el mar de la vida, el Cristo del Buen Viaje siempre guiará el rumbo hacia puerto seguro.
Diario La Faena
Foto Cortesia
