
ORIGEN DE ALGUNAS PALABRAS
Por: Celis Rodríguez
Ya les he dicho que el signo lingüístico responde a un principio de arbitrariedad, y que este principio es muy determinante en la constitución de las lenguas. Vale recordar, entonces, que de acuerdo con esto el signo o la palabra no tiene relación alguna con el objeto que designa. Por ejemplo, nada vincula al vocablo “lápiz” con el objeto, y menos con la acción de escribir. Igual sucede con los nombres propios. Nadie decide cómo habrán de llamarlo, por lo que asignar nombres a los recién nacidos no deja de ser un acto meramente arbitrario. Yo no decidí que me denominaran con el sustantivo «Celis», alguien lo decidió por mí, y yo debo cargar con esa decisión. Existen casos tales como las onomatopeyas que pudieran romper con ese principio; sin embargo, los sonidos onomatopéyicos varían entre hablantes e idiomas. Así lo que para un hablante es “guau guau” (ladrido), “tan tan” (campanada), “pum o pam” (disparo); para otro puede ser “wau wau”, “ding dong”, “bum o bam”.
Pero además de la arbitrariedad, en la formación de vocablos hay otros factores que quizás con el tiempo, y hasta con un poco de creatividad lingüística, pudieran formar parte de la palabra creada. Así tenemos, verbigracia, que el término “lacónico”, que se refiere a una persona de hablar breve y conciso, se deriva de la antigua Esparta, conocida también como “Laconia”: pueblo sufrido y abnegado. Pudiera decirse que dentro de la Nueva Esparta actual existe otra “Laconia”, representada por el Magisterio. Los maestros en la sociedad somos trabajadores, abnegados, serviciales y hasta sacrificados, pero a la vez somos sufridos, abandonados, vejados y engañados por quienes constitucional y contractualmente están obligados a atendernos y a respetar nuestros derechos.
Otras palabras deben su origen al nombre de figuras connotadas, o a la creatividad de sus inventores. Por ejemplo, “Academia” deriva del personaje griego “Akademos”, dueño de un jardín donde el filósofo Platón dictaba sus conferencias. “Adefesio”, que se refiere a una cosa ridícula, proviene de “Efeso”, una bella ciudad del Asia menor, a cuyos habitantes el apóstol San Pablo dedicó una epístola. “Nicotina” proviene del nombre de Juan Nicot, quien residió en Lisboa en el siglo XV, donde conoció por primera vez el tabaco, que luego trasladó y popularizó en Francia. “Nylon” se debe al descubridor de este producto, el Dr. W. H. Carothers, quien residía en dos lugares: Nueva York y Londres.
Otras palabras se han formado de ciertas expresiones; tal es el caso de “cadáver”, supuestamente creada por un clérigo hacia el siglo XIII, a partir de la alocución latina “caro data vermibus”, que significa “carne dada para gusanos”. “Canguro”, de la que se dice que cierto capitán explorador llamado James Cook, que visitó la costa del Pacífico Sur, se extrañó al ver un mamífero que saltaba y tenía las patas delanteras más cortas que las traseras. Al preguntar el nombre del animal a uno de los nativos, este le respondió “Kan-go-roo”, queriendo decir “Yo no sé”. El capitán pensó que así se llamaba, asignándole ese nombre. «Macundales» proviene de la marca «Mack and dales» (Mack & dales), fabricante de machetes, azadones, rastrillos, entre otras herramientas personales de trabajo. En los tiempos de la apertura petrolera se dice que los jefes de campos, los capataces, ordenaban a sus trabajadores recoger sus «mackandales» luego de la jornada de trabajo.
Finalmente, veremos de dónde surge el vocablo “salario”. Este término se refiere al dinero que devenga una persona por su trabajo, se originó en la antigua Roma. Se dice que en esa época la sal era tan preciosa y valiosa como el dinero, por lo que los trabajadores recibían porciones de sal (salarium) como pago. Aquí sí veo una relación curiosa: la sal se diluye con mucha rapidez al contacto con el agua. El salario también se diluye con la misma, o mayor rapidez al contacto con nosostros.
