
Juan J. Prieto
A veces necesitamos apelar a nuestro sentido crítico, a nuestro sentido de pertenencia, que no admite interferencias ni apechugamiento, en el mejor sentido de la vanidad. Pretender la entereza, es a mi juicio, el patrón de convivencia más solícito que alguien pueda expresar através del sentimiento que nos conduce a idealizar el abrigo posible al lar de donde uno es o por alguna eventualidad ha de hacerlo en un terruño a la distancia, que llegará a querer como si fuera suyo desde el primer respiro al pisarlo.
Miro y escucho con enconado asombro las tertulias y festejos por algún icono de nuestra idiosincrasia isleña, que no está mal. Miro y escucho de homenajes sempiternos a coterráneos célebres, y no está mal. Pero al dar vuelta la moneda nos encontramos con el desdén y un helado ánimo por aquellos valores otorgados por la naturaleza, y miro más bien una apatía que contagia la mudez, nadie dice nada.
Somos tomados por una horda de vacacionistas interesados por su disfrute acosta del atropello a zonas de estricto orden ecológico, el desaforado desorden por pasarla bien, que no es malo, pero es que pareciera que aquí se puede hacer lo que quieran, y así no es. Las cosas por su nombre, respeto por apellido. Esta perla donde vivimos todos los días es un santuario para las especies marinas, incluídas playas, humedales y reservorios de muchas especies autóctonas, es decir naturaleza pura. Pero para enseñar a cuidar lo que tenemos no hay festivales ni homenajes ni conversatorios, nada. Jaquemate.
