
AQUELLOS CARNAVALES DE 1928
Por: César Malavé Carvajal
Bajo el sol de una Caracas que aún conservaba su aire de aldea colonial, la Federación de Estudiantes de Venezuela (FEV), presidida por un joven y resuelto Raúl Leoni, comprendió que el silencio de la dictadura gomecista solo podía romperse desde el lugar más inesperado: el jolgorio popular. Mientras el Benemérito Juan Vicente Gómez vigilaba desde Maracay, creyendo que el país estaba bajo su puño de hierro, los universitarios diseñaron una estratagema lírica y valiente. Decidieron participar en las festividades del carnaval, pero bajo el disfraz de la cultura, escondieron la semilla de la insurgencia.
El símbolo central de esta «comedia política» fue la coronación de la Reina de los Estudiantes. La elegida fue Beatriz I (Beatriz Peña), una joven que personificaba no solo la belleza de la época, sino la dignidad de una nación que se negaba a seguir arrodillada. La simulación era perfecta: carrozas, flores y desfiles que el régimen, en su ceguera cortesana, permitió e incluso aplaudió inicialmente.
Sin embargo, detrás de la fanfarria, Leoni y su equipo, donde ya destacaba la figura nerviosa y elocuente de Rómulo Betancourt, habían orquestado un programa de actos que eran verdaderas estocadas al corazón del despotismo.
El momento cumbre ocurrió en el Teatro Municipal y en el Panteón Nacional. Allí, la palabra se convirtió en dinamita. Ante la mirada atónita de los edecanes del régimen, los jóvenes tomaron el podio. Fue en esos días cuando Pío Tamayo, con un poema que destilaba un romanticismo revolucionario, se atrevió a invocar a la «Reina Libertad», mencionando la palabra prohibida que hizo palidecer a los oficiales presentes.
Rómulo Betancourt, con apenas veinte años y la voz cargada de un fuego que lo acompañaría toda la vida, pronunció un discurso que rompió el protocolo de la «fiesta». No hablaba de carnavales, sino de la soberanía herida y de la responsabilidad de su generación de rescatar a Venezuela del letargo decimonónico. Joaquín Gabaldón Márquez y Jóvito Villalba se sumaron a esta sinfonía de rebeldía, transformando los desfiles en manifestaciones de masas. Lo que Gómez interpretó como una chiquillada estudiantil, se convirtió en pocas horas en un movimiento civil que arrastró al pueblo caraqueño a las calles.
La reacción de la barbarie no se hizo esperar. El régimen, herido en su orgullo por haber sido burlado en su propia fiesta, ordenó el arresto de los líderes. Leoni, Betancourt y el resto de la dirigencia fueron conducidos a las mazmorras del Castillo de Puerto Cabello y a la Rotunda. Pero el daño al gomecismo ya estaba hecho: el «sagrado» orden dictatorial había sido profanado por una juventud que usó la corona de una reina para desafiar la corona de un tirano. Aquellos carnavales de 1928 marcaron el fin de la infancia política de Venezuela y el nacimiento de la generación que, años más tarde, convertiría el Plan de Barranquilla en la hoja de ruta de la democracia que hoy recordamos.
