Poemas para Sofía
Juan J. Prieto
Un malestar inaguantable obligó a Sofía guardar cama, un reposo absoluto fue la sentencia del doctor al ver su cuerpo tan frágil, enteco. Repentinamente entró en un coma profundo, corría un inminente peligro frente a un portal insondable.
Javier, su esposo, no daba crédito a tan inesperada situación, le parecía irreal todo aquello que atropellaba sus vidas tan profusamente. La vida de ambos dio un vuelco reglado por el destino inesperado, donde antes reinaba la armonía, un matrimonio a merced de la felicidad pura, absoluta.
Recluida en el hogar, Javier todos los días antes de abocarse a sus labores de profesor universitario sacaba de uno de sus bolsillos una pequeña libreta y leía un corto poema, luego se lo dejaba en su mano derecha, inerte, fría y huesuda. Era una habitación íngrima, aun estando ella.
Pasaron muchos meses de rotunda convalecencia, la mejoría no daba signos de probabilidad, sino más bien asomaba muecas de resignación por el desenlace obvio. Cada poema era más amoroso, humano, con el más alto sentido espiritual. Javier debió ausentarse unos días por cuestiones de trabajo, viajó con el remordimiento rondándole el juicio con rasgos insidiosos de fatalidad. No cesaba de llorar a escondidas, con el desánimo consumiéndole las entrañas. Sin embargo no dejaba de escribir los poemas a Sofía, con la firme convicción de leérselos al regresar.
Un día antes de volver a casa, Sofía, que estaba bajo el cuidado de su madre en ausencia del marido, valbuceó su nombre, el de Javier. Había despertado dejando atrás el laberíntico sueño que la perturbó por tan largo tiempo. La alegría desbordó a la familia. Cuando Javier llegó a casa la abrazo largamente, con lágrimas muy emotivas, fue en ese momento cuando Sofía le reveló que ella escuchaba todos los días sus poemas, y esa emoción fue despertando sus sentidos, a tal punto que su inconsciente reclamó las letras de aquella corta ausencia de él.
-Amor, tu poesía salvó mi vida. Exclamó Sofía con todos aquellos papelitos encima de la cama.
