LA VIOLENCIA POLÍTICA NO ES EL CAMINO
Por: César Malavé Carvajal
El reciente asesinato del senador y precandidato presidencial Miguel Uribe Turbay ha revivido un fantasma que se creía desterrado de la democracia colombiana. Su muerte es un recordatorio trágico de que la violencia política persiste. Pero, más allá del dolor, este hecho nos obliga a desmantelar una de las falacias más peligrosas de nuestro tiempo: la creencia de que la violencia puede ser un instrumento legítimo para alcanzar la justicia social. La historia de América Latina, y fundamentalmente la de Colombia demuestra, de forma implacable, que este camino no conduce a la paz, sino a una espiral de terror que destruye la posibilidad de cualquier justicia verdadera.
Los magnicidios que marcaron las décadas pasadas, como el de Luis Carlos Galán, no solo eliminaron a líderes con proyectos transformadores, sino que también sembraron una cultura de retaliación. Este ciclo de violencia nunca ha llevado a una solución duradera. En cambio, ha polarizado aún más a la sociedad, ha debilitado las instituciones y ha creado un clima de miedo que imposibilita el diálogo y el debate sano, elementos esenciales para cualquier avance social. La violencia no crea consensos, solo vencedores temporales y víctimas eternas.
La justicia social, en su esencia, se construye sobre el respeto a la dignidad humana y el reconocimiento de los derechos. Requiere instituciones fuertes y transparentes, donde las leyes se apliquen por igual a todos, y donde el debate de ideas no sea silenciado por una bala. La violencia, por el contrario, socava estos pilares. Es un atajo destructivo que ofrece una falsa sensación de poder a quienes la ejercen, pero en realidad, es una confesión de su incapacidad para argumentar y persuadir.
Confundir la violencia con una herramienta de cambio es un error trágico que hemos pagado muy caro. La verdadera justicia social solo se puede lograr a través de la persistencia democrática, la negociación, la movilización pacífica y la participación ciudadana. Es un proceso lento, a menudo frustrante, pero es el único que garantiza que las soluciones sean legítimas, inclusivas y sostenibles.
Por ello, la memoria de Miguel Uribe Turbay debe servir no solo como un recordatorio del costo humano de la violencia, sino como un llamado a la acción para defender la democracia. Tenemos que rechazar con firmeza la tentación de creer que la violencia es una opción viable. El único camino hacia una sociedad más justa, equitativa y segura es a través del diálogo, la ley y la construcción de un futuro donde las diferencias políticas se resuelvan con votos, no con balas.
