
Jesús Rafael Cedeño “Campito”… más allá del Carite
Por: Mirimarit Paradas
Preámbulo:
Vertiente, trae esta semana a sus asiduos lectores un compendio interesante por su contenido e investigación del libro “Más allá del Carite” de Jesús Rafael Cedeño a quien todos los neoespartanos llamábamos Campito, un hombre atento, acucioso y siempre pendiente por el acervo cultural de nuestra isla de azules, texto que nos introduce en el tema con un interesante trabajo del Poeta y profesor universitario Luis Malaver. Libro que
estamos seguros será importantísimo para los investigadores e interesados en conocer más sobre esta importante composición poética y musical convertida en diversión. Hace pocos meses fuimos sorprendidos, por la partida a otros verdes que no son los nuestros de nuestro admirado Campito… dejándonos su legado y los momentos de trabajos compartidos en el entorno literario y cultural.
EL CARITE DE RAFAEL GONZÁLEZ
Muchos de nosotros vivimos algún tiempo con dos equívocos desde la infancia con respecto a El Carite: el primero, que la diversión se llamaba La lancha Nueva Esparta; el segundo, que era de autor anónimo. Conocerla como La lancha Nueva Esparta suponía desviar, en algo, la atención sobre el pez, centrarla en la embarcación es mencionar hechura humana, trabajo y faena. Pero enfocar así creaba equívocos: «como la costa es bonita yo me vengo divirtiendo, pero me viene siguiendo de afuera y una piragüita». Qué hacía ese pero adversativo, me preguntaba mientras escuchaba la canción y ponía a prueba mis rudimentarios conocimientos de gramática. Planteada así la cuestión no era fácil de entender.

Si hubiera tenido claro que era el carite quien cantaba, protagonista de esta puesta en escena prototeatral que es la diversión, hubiese disipado temprano mis dudas. Después vi la diversión, pero antes de eso era la canción la que nos invadía con su narración fabulosa. Posteriormente fui cautivado por otras expresiones y El Carite siguió expandiéndose y alimentando mi imaginación. Cómo olvidar: «…un pez de fuerza muy ligera…» Nunca escuché ese inició: «Ayer salió la lancha Nueva Esparta…», sin imaginarme que era todo el Estado el que navegaba, que Margarita, Coche y Cubagua soltaban amarras, abandonaban su latitud tal y se recreaban visitando otras islas desdichadamente condenadas a estar fijas. De alguna manera esto fue así.
En todos los Estados del país se hacían representaciones de El Carite, incluso en Los Andes, donde los niños conocerían ese pez a través de una armazón de cartón cubierta de papel pintado de gris, con unas piernas que salían de su parte media inferior y lo dotaban de movimiento, detrás la piragüita persiguiéndolo incesante. A quién se le había ocurrido esta historia. Autor anónimo crea un abismo. La letra de la diversión nos llegaba en textos producidos en Caracas, donde ignoraban el nombre de Rafael González, nativo de una islita que no aparecía en los mapas, ¡si a veces no aparecía siquiera Margarita! Ya han pasado muchos años. Creo que son muy pocos los que ignoran que La lancha Nueva Esparta es El Carite, y que Rafael González es su autor; sin embargo no está nunca de más dejar en un texto lo que está desperdigado por periódicos inaccesibles, amarillentos, en la lejana capital; ésta es la principal contribución de Jesús Rafael Cedeño con esta investigación.
Luis Malaver
Rafael González, más allá de “El Carite”
Cuenta la historia que en las postrimerías del siglo diecinueve, el día lunes 24 de octubre de 1898, nació en San Pedro de Coche, Rafael González, quien con el devenir de los años sería un gran músico y compositor. Para esa fecha el almanaque registra «Día de San Rafael Arcángel», seguro que éste fue el porqué de su nombre. Desde temprana edad, Rafael González mostró vocación por la música. En cuanto a su formación, no tuvo profesores que le impartieran enseñanza de teoría, solfeo y, mucho menos, de ejecución de instrumentos. Se formó en las propias junturas de sus horas; en esos intervalos donde la placidez del descanso da paso a la creación, contando sólo con los recursos de la sensibilidad, apelando para ello al ferviente deseo de aprender.

En su familia nadie había incursionado en actividades de esta índole. Su padre Manuel Gil,
«Manuelico», oriundo de Santa Ana del Norte, era carpintero. Su madre, Petronila González, se desempeñaba en labores del hogar. A través de la historia, las artes y oficios han signado la vida de nuestros pueblos. Rafael González fue un excelente artesano; en su taller de carpintería «La Guajira», desde tempranas horas de la mañana, acometía su diaria labor; con apego trabajaba pacientemente. En sus prodigiosas manos la madera adquiría diferentes formas y matices; el cedro, el pichipén y el pardillo eran tallados magistralmente en un torno elaborado por él mismo.
Así, con la meticulosidad y sabiduría del creador, confeccionaba baúles, sillas, camas, tabiques, puertas, urnas; toda una gama de muebles y enseres que fabrican los ebanistas. Lo demás era complementado por el formón y el cepillo. Quedándole la responsabilidad del acabado a la cola y la lija, el barniz daba el toque final.
Paralela a la música, como inseparable compañía, sumó a su carácter jovial el chiste oportuno que abría encuentros con la cotidianidad de la gente. Por eso pudo, como la mayoría de los artistas populares, plasmar en sus composiciones costumbres, penurias en el trabajo diario, sentimientos y vivencias de su estoico pueblo. Era aficionado al vino y al juego de dados.
Tenía una pequeña cuerda de gallos de pelea, a los que brindaba buena atención. En el mes de diciembre, cuando por estos soleados predios de la isla de Coche, la diversión, como expresión de sus costumbres ancestrales, cobra vida, Rafael González rubrica con su música o letra gran parte de esta manifestación.
La casa de portal donde vivió, en el sector “El Olivo”, atestiguó la presencia de diferentes generaciones que concurrían a parrandear. La edad no fue impedimento para asistir al espontáneo espectáculo. Presurosos los jóvenes se acercaban al lugar. Su obra es bastante fecunda, aún permanecen inéditos muchos de sus arreglos y composiciones. De la ejecución y acompañamiento de su instrumento surgen una gran variedad de temas, en los que cabe destacar la música para las siguientes gaitas para diversiones: “La anchoa”, “El guacamayo” (La piragua porvenir), “El pargo tigre”, “El morocoto”, “La albacora”, “La mancha”, “La cachama”, “El pargo colorado”, “El camaleón”, “El ojón palagar”. Los valses “Clara”, “Rosita” y Paula”, este último en honor a la maestra María Lunar, con motivo de su primer añito. Los joropos “Tres de Mayo”, “Chaleco” (dedicado a su perro), “El Morrocoy Azul”, con el que homenajea al conocido semanario humorístico que dirigía Miguel Otero Silva.

A su carpintería le ofrendó el pasodoble «La Guajira». De los arpegios de sus cuerdas arrancó el renombrado vals “Flor de olivo”. En la temática de sus creaciones aparecen el mar, el hombre y su entorno.
Hasta comienzos del año 1953, la vida de Rafael González transcurre en el lar nativo, dedicado a su trabajo de artesano. Comentan en el pueblo que en una oportunidad el señor José María Velásquez “Chemara”, quien acostumbraba viajar a la isla de Coche en labores de fiscalización de la actividad pesquera, vino de Porlamar, acompañado de Carmen Leonor Navarro, y por una distinguida dama de la sociedad caraqueña llamada Blanca Rosa López, hija del Gral. Eleazar López Contreras. A las visitantes les fue ofrecida una recepción en la casa de habitación de Froilán Lunar.
El maestro Rafael González fue invitado a amenizar el acto. En cada interpretación era elogiado por las agasajadas, quienes resaltaban las virtudes del artista. Como algo anecdótico, mientras transcurría la velada nadie se atrevía a sacar a bailar a la hija del expresidente. En medio del entusiasmo, el pescador José Natividad Rodríguez «Gualá» se echó un palo y fue el encargado de cumplir la misión. Al culminar el vals todos aplaudieron. En esta noche como en otras oportunidades se planteó la conveniencia de que el maestro registrara su composición “El Carite”. Cuando lo creyó prudente, Rafael
González decidió al respecto. Un día, con la confianza que da saberse buen músico, conocedor de su calidad, gracias a la respuesta de su gente, «salió a recorrer los mares» llegando a Caracas.
Más adelante el periodista reporta: «Vino a Caracas para registrar El Carite el compositor popular Rafael González, quien lo interpretó durante su visita a este diario, al cual dedicó un pasodoble. Hablaba con vehemencia este activo folklorista de la música venezolana. Llegó acompañado de los demás integrantes de su conjunto, Miguel Ángel Marcano, Abdón Lozada y Antonio Rodríguez. No había móviles ajenos al propósito natural de disfrutar la compensación moral que a su trabajo se había dado.
¿Y cuándo compuso «El Carite»? En 1926. Puedo citar muchos testigos de que en aquel año elaboré esa pieza, sin ánimo de que conquistara alguna significación. Hacía historia. Por los días navideños de aquella época, acostumbraban los pescadores de San Pedro de Coche, estado Nueva Esparta, celebrar una diversión llamada «El Morocoto». Era algo así como un pez de cartón. A él se le encargó la música que sirviera de fondo. Y en los pequeños ratos, escamoteados a su carpintería, hilvanó la pequeña obra que habría de convertirse en la expresión peculiar de una región venezolana».
Esta información periodística es el primer documento público que certifica que Rafael González es el creador de “El Carite”, composición realizada hace ochenta años. Hasta el presente, nadie se ha atrevido a desmentir esta declaración y mucho menos mostrar documento alguno que ponga en duda la autoría de “El Carite”, considerada años más tarde como el segundo himno del estado Nueva Esparta. Esos mismos días, con la ayuda de la compositora María Luisa Escobar, inscribe en la Asociación Venezolana de Artistas de Escena (Avade) la referida pieza. Grande fue su empeño, pero no pudo cobrar los merecidos derechos de autor, su gestión no logró los resultados esperados. Un tanto entristecido y decepcionado, regresa al estado Nueva Esparta. Le sobrevienen viejas dolencias. A pesar de los cuidados prodigados por familiares y la asistencia médica dada en el Hospital Luis Ortega, a los pocos días de su regreso de la capital, en el Porlamar de ayer, el pentagrama popular se vistió de luto; la caja armónica se silenció de pronto, las cuerdas y el diapasón gemían acongojados por la desaparición de quien tan desinteresadamente puso en alto el gentilicio insular.

En el folio Nº 102 del libro de obituarios del puerto quedó asentado: “hoy 25 de junio de 1953, a las cuatro horas post-meridiem, falleció Rafael González, en la calle Igualdad, jurisdicción de este Municipio, murió a consecuencia de Insuficiencia renal Cistitis Estrechez Uretral, según notificación médica”. Era día jueves.
Sus restos fueron trasladados a su tierra natal donde le dieron cristiana sepultura. A la deriva del tiempo, en la fachada del último espejismo del cielo se juntaron las lágrimas de su esposa Tomasa, Clotilde Salazar «Cotica», Eladio González, Luisa Rodríguez, su hermano «Chemané», Rosalbina Salazar, la maestra Digna, Chente Caraballo Rodríguez, su inseparable Abdón, con el resto de familiares y amigos, atravesando los recuerdos de un hombre que jamás se doblegó, asumiendo su pobreza con dignidad y valor, componiendo y tocando a su pueblo con alegría infinita.
El diario El Nacional, en su edición Nº 3536, del día miércoles 1 de junio de 1953, en la página 12, de Sociales, el periodista Francisco Nicolás Castillo “Frank”, informa: “Después de haber sido sometido a una intervención quirúrgica dejó de existir recientemente en el Hospital Luis Ortega de Porlamar, el popular compositor neoespartano Rafael González, autor de la conocida pieza musical EL CARITE. González era nativo de San Pedro de Coche y para la fecha de su muerte contaba 58 años. Su famoso Carite el que recogió y popularizó Francisco Carreño, lo compuso en el año 1928, para una diversión “La
lancha Nueva Esparta” que recorrió con éxito, en aquella época, todas las poblaciones de Margarita. Mientras la famosa pieza tuvo en su apogeo, permaneció ignorado. Algunos compositores venezolanos ante la celebridad obtenida, la hicieron aparecer como suya,
hasta que hace poco, asesorado por un grupo de intelectuales locales, se trasladó a Caracas e hizo reconocer sus derechos de autor ante la Asociación de Compositores Venezolanos. Allí aprovechó registrar otras composiciones y fue admitido como miembro de la citada Asociación Musical. A los pocos días de su regreso de Caracas, aumentaron sus dolencias (era un hombre enfermo) y tuvo que ser trasladado al Hospital Luis Ortega donde se sometió a una operación, muriendo media hora después. No alcanzó firmar unos documentos que le envió María Luisa Escobar, Presidenta de la Asociación de Compositores Venezolanos, relacionados a ciertos derechos que le correspondían como autor de El Carite. Antes de morir pidió que lo enterraran en su pueblo. Así se hizo”.

