
¿PUENTE O LABERINTO?
Por: César Malavé Carvajal
Venezuela se encuentra en una encrucijada histórica. Tras veintiséis años de una fractura que ha atravesado el corazón de cada hogar, la discusión sobre una Ley de Amnistía para la Convivencia Democrática no puede ser un trámite burocrático más, ni mucho menos una trampa diseñada para el control político. Durante décadas, la mayoría de nuestras familias han sido víctimas de la persecución: madres separadas de sus hijos por el exilio, padres encarcelados por pensar distinto y jóvenes cuyo futuro fue truncado por el simple hecho de soñar en voz alta. Estas familias no están pidiendo favores; están exigiendo justicia.
La reconciliación debe cimentarse sobre la verdad y el respeto estricto a la Constitución. No existe reconciliación real si se pretende mantener intacto el andamiaje represivo. Una amnistía que intente convivir con la Ley contra el Odio y la Ley Simón Bolívar es una contradicción: es pretender sanar al paciente mientras se le sigue inyectando veneno. La paz social exige la derogatoria inmediata de estos instrumentos que criminalizan la disidencia.
Una verdadera amnistía debe ser integral y universal, sin «compartimientos estancos» que dejen fuera a perseguidos por fechas o hechos arbitrarios. Es inaceptable que la libertad de un ciudadano quede sujeta a la «verificación judicial» de los mismos carcelarios. La llave de la celda no puede estar en manos del celador.
No basta con abrir las rejas; hay que reconocer la dignidad de las víctimas, reparar el daño causado y devolverles lo que la represión les arrebató: sus empleos, sus bienes y sus derechos políticos. La amnistía debe permitir la reincorporación plena de los inhabilitados y garantizar el retorno seguro de quienes buscaron asilo en otras tierras. La paz no es un decreto, es una construcción colectiva que pasa por decirnos la verdad.
Solo sobre la base de los hechos conocidos y el cumplimiento del Artículo 29 constitucional, podremos transformar este proyecto en una salida real hacia el progreso. Venezuela merece un instrumento que sane las heridas, garantice la no repetición de los abusos y nos permita, por fin, caminar juntos hacia el futuro. El país no quiere más espejismos; quiere libertad, justicia y el reencuentro definitivo de su gente.
