LA EDUCACIÓN TRASFORMADORA
Por. César Malavé Carvajal
Sin lugar a dudas, la educación es, ante todo, un acto de amor. Esta verdad, puede extraerse de la lectura de la “Educación como Práctica de la Libertad” de Paulo Freire. La premisa nos exige ir más allá de la preocupación superficial por los objetivos de aprendizaje o la memorización de letras y números. Nos invita a reconocer que el verdadero núcleo de la enseñanza radica en la construcción de vínculos saludables entre seres humanos. Lamentablemente, gran parte de nuestro sistema ha caído en la trampa de la «educación bancaria». En este modelo, el estudiante es visto como un recipiente vacío donde el educador, dueño del saber, simplemente deposita información. Esta práctica asfixiante niega la capacidad crítica, silencia el diálogo y reduce al individuo a un mero objeto pasivo.
Frente a esto, emerge la Pedagogía Humanizadora. Esta no es solo una metodología; es una filosofía que entiende el proceso educativo como un constante intercambio donde tanto el educador como el estudiante son sujetos activos y cocreadores del conocimiento. Aquí, el amor se manifiesta como compromiso, respeto y diálogo. El educador que ama genuinamente no solo enseña el contenido, sino que también se preocupa por la vida, el contexto y la voz de cada niño o niña.
El objetivo final de esta práctica pedagógica es claro: construir aprendizajes para la vida. Se trata de formar individuos capaces de entender su mundo, transformarlo y relacionarse con empatía. Es forjar seres críticos, libres y conscientes. Al abrazar la educación como un acto de amor y abandonar la rigidez del banco, convertimos el aula en un espacio de liberación y crecimiento mutuo, asegurando que lo que se aprende no solo llene la mente, sino que también nutra el espíritu.
