EL LEGADO IMPERECEDERO DEL TRIBUNO DE PAMPATAR
Por. César Malavé Carvajal
El 30 de noviembre de 1952 constituye una de las páginas más luminosas y, a la vez, más amargas de la historia venezolana. En un país sumido bajo la bota militar desde 1948, el llamado a una Asamblea Constituyente se transformó, por obra y gracia de la voluntad popular, en un plebiscito cívico contra el despotismo. En ese escenario, el Maestro Margariteño, Jóvito Villalba, se alzó no solo como líder de URD, sino como el Tribuno de América que supo canalizar el clamor nacional.
La estrategia de la oposición, ilegalizada y perseguida, fue concentrar el voto de castigo en la tarjeta de Villalba. La victoria que se produjo en las urnas fue rotunda y, como era previsible, inaceptable para el coronel Marcos Pérez Jiménez.
La verdad histórica es simple: Villalba ganó limpiamente. La respuesta militar no se hizo esperar: el 2 de diciembre, la cúpula castrense desconoció los resultados, detuvo el conteo y, en un acto de traición a la soberanía, procedió a consolidar la dictadura. Es imperativo desmantelar la mentira fascista que, durante años, intentó mancillar la figura de Villalba, acusándolo de haber «vendido» la elección.
Tal falacia se estrella contra un hecho ineludible: si el Tribuno hubiese pactado con el régimen, habría sido premiado con una posición. En cambio, fue detenido y expulsado del país de inmediato. El exilio forzoso de Villalba es la prueba de honor de que fue un enemigo derrotado por la fuerza bruta, no un socio encubierto.
El legado de 1952 no es la derrota, sino la victoria moral. Villalba demostró que, aun bajo la más cruda represión, la conciencia democrática del pueblo venezolano se mantenía intacta. Ese coraje y esa voluntad indoblegable fueron la semilla que germinaría en la unidad de la resistencia y que, finalmente, pondría fin a la dictadura el 23 de enero de 1958. Su figura imperecedera debe ser reivindicada como la de un demócrata que prefirió la dignidad del exilio a la claudicación.
