La Asunción 425 años Ciudad por antonomasia

Por. Edmundo Prieto Silva

Inicio estas palabras con esta investigación sobre la arquitectura de La Asunción.

La construcción simultánea de los templos de Coro y La Asunción, iniciada a fines del siglo XVI, marcó el comienzo de nuestra arquitectura religiosa colonial. Aunque en la isla de Cubagua existieron con anterioridad construcciones religiosas, sus características arquitectónicas no llegaron a ejercer ninguna influencia en los métodos constructivos y conceptos formalísticos de las obras posteriores (Gasparini, Graciano. La Arquitectura Colonial en Venezuela).

En el año de 1567, el tátara-tátara abuelo, el Capitán Pedro González Cervantes de Albornoz, personaje que muchos desconocen históricamente, debido a que la despoblada ciudad de Margarita no tenía un sitio adecuado para la subsistencia de las familias que la habitaban, las juntó y las condujo a un lugar más adecuado que tenía el nombre de Santa Lucía, que luego es bautizada como La Asunción de Margarita. Eran sus pobladores los antiguos habitantes del Pueblo de La Mar, que había sido devastado por incursiones de corsarios y por la del Tirano Aguirre.

La ciudad, por las virtudes de sus habitantes de gran jerarquía y por su acatamiento a los mandamientos del reinado español, cumplidos los resquicios legales, recibe del Rey Felipe III la jerarquía de ciudad, otorgándole el título y Escudo de Armas el 27 de noviembre del año 1600. Es decir, nos da el Rey la ciudadanía. Es un día de beneplácito para mí igualmente, pues fue un 27 de noviembre cuando asistí al primer acto público municipal en el Distrito Capital como concejal; también en el año 2015, un 27 de noviembre, se me honra con la Condecoración Ciudad de La Asunción.

En el tintero tengo muchas palabras escritas sobre La Ciudad de La Asunción. Voy a escoger algo que plasmó un gran autodidacta, con quien compartí muchas experiencias sobre la escritura y la investigación: Don José Joaquín Salazar Franco (Cheguaco), de la revista Margariteñerías, que dirigió otro ser extraordinario, Don Felipe Materia Vanderlinder.

Cito: “Para los margariteños en general, La Asunción era la ciudad por antonomasia. Desde aquel lejano 27 de noviembre del año 1600, cuando el Rey de España y sus dominios Felipe III se dignó otorgarle el título de ciudad y Escudo de Armas a la Villa de Santa Lucía… por apelativo ‘Ciudad’ simple y llanamente, y desde entonces no existieron más asuntinos o asuncenses, sino únicamente ciudadanos. De la Ciudad —continúa Cheguaco— iban los ciudadanos especialmente hacia los puertos de Juangriego, Porlamar y Pampatar con sus burros cargados de mangos, piñas, nísperos, plátanos, naranjas, tomates, pan de año y cuanto Dios criaba en sus fértiles tierras, y de allá regresaban con otros tantos menesteres para la complementación de la dieta doméstica. La Ciudad por antonomasia de Margarita, no por simple idolatría sino por su pasado histórico.”

El escritor e investigador Manuel Díaz Rodríguez, en sus Apuntes de Viaje, hace narrativas de La Ciudad de La Asunción: “…Hay un edificio no concluido de los días de la Colonia, destinado a iglesia bajo la advocación de Santa Lucía… Hay un fortín de Santa Rosa en una pequeña altura al oeste de la ciudad. Se ve allí el calabozo donde estuvo Luisa Cáceres, la mujer de Arismendi. Es muy bello el paisaje que se ve desde el castillo: la ciudad tendida al pie del cerro Matasiete, a cuyo flanco se alza una columna voluta. El valle ancho al sur se continúa al llegar a la ciudad hacia Guacuco, o sea la costa de Pampatar. En los aledaños de la ciudad, sobre todo en la parte sur y dentro de la ciudad, es un solo cocal. Las calles mismas, tortuosas y curvas, están en su mayor parte bordeadas por tapias de huertas…”

Enrique Bernardo Núñez, en su obra Cubagua, narra: “En el centro de Margarita La Asunción erige sus paredones de fábricas abandonadas hace mucho tiempo y las tapias blancas de sus corrales ornamentados de plátanos… A la entrada de La Asunción unos matapalos vierten sus copas maravillosas junto a un franciscano convertido en casa de gobierno. En la plazuela está el templo y el antiguo Ayuntamiento donde se ve todavía el escudo de España… Los callejones se retuercen vetustos, silenciosos… Tarde y mañana, las muchachas conducen el agua hacia los barrios más lejanos. Las campanas caen pesadas, monótonas, marcando inútil el tiempo. El día declina rápidamente en sombras melancólicas. Entonces un empleado enciende los faroles. Huye el verdor de las montañas circundantes y los murallones del castillo de Santa Rosa se hacen más oscuros…”

El asuntino Mario Salazar, en su obra Isla Sol y Leyenda: “La Asunción ha pasado llevándose a cuestas la odisea multiforme del acontecer histórico. Y ahora en el ambiente de la ciudad se advierten dos factores de la evaluación cronológica. Hay flores y verdor tamizando la luz que se desparrama sobre los nuevos parqués en las pavimentadas avenidas y por las aristas de las modernas edificaciones. Y también hay ramazones que se salen por lo alto de los cercados para cubrir con encaje de sombra la gracia morisca de los aleros… Desde las colinas rojizas y grises puede contemplarse la extensión del valle en un magnífico panorama, no obstante que entre el Copey y Matasiete el lienzo verde de un copioso bosque de cocoteros no deja ver sino la esbelta aguja de la torre y el fondo lejano y turquesa de la playa de Guacuco…”

No puedo terminar estas palabras escritas en homenaje a la ciudad que me ha dado los más grandes placeres de mi vida, La Ciudad de La Asunción, sin añadir las del maestro de maestros, asuntino excepcional Luis Beltrán Prieto Figueroa, que tomo de un discurso histórico en la Plaza de La Juventud de la ciudad:

“En ninguna parte es más difícil para mí hacer un discurso que en La Asunción. Aquí nací y aquí me crié, aquí tengo sembrados todos mis afectos y aquí también me creció la esperanza de hacer cosas grandes por mi país… Y yo tengo aquí mi casa y tengo sembrado mi ombligo y aquí puse a suerte la luz de mi parábola de angustias, parábola de afectos, parábola de esperanza, parábola para que en el trabajo se realizara el esfuerzo de todo mi pueblo en creaciones, que fuera al mismo tiempo expresión de cuánto él anhela, de cuánto él aspira, que es también aspiración y anhelo de mi propia creación y de mi propia conciencia…”

Pueblo de La Asunción, pueblo generoso y pueblo grande: tu historia va contigo, yo soy parte de esa historia, porque he contribuido a hacerla generosa y grande para que en ella quepa la ambición de nuestros héroes y la aspiración de todos, jóvenes y viejos de estas tierras, hombres y mujeres que sembraron su angustia, que buscaron lejos de la tierra el bienestar que no encontraron y que se sembraron en esta isla para seguir luchando en ella. Y yo, entre todos y unidad y multitud a la vez, quiero ser el intérprete de mi pueblo.

Concluyo con estas palabras de un venezolano, hijo ejemplar de La Ciudad de La Asunción, Efraín Subero: “La Asunción: Pasos de la Semana Santa. Testamento de Judas. Décimas de Velorio. La pátina de la piedra. La oración y el río. La pared y el convento. La música y la fronda. El verde que se va y se viene verde. Y la tranquilidad y el sosiego. Y la vida que anda, gota a gota, paso de procesión y tinajero… ¡La Asunción! Si esta ciudad llega algún día a morir, sé que mi alma morirá con ella.”

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