LA NOCHE DE LOS AUDACES PAÑUELOS BLANCOS

César Malavé Carvajal

El 26 de noviembre de 1952, la noche que cayó sobre el Nuevo Circo de Caracas no fue una noche cualquiera. Fue la víspera de una verdad que el régimen de Marcos Pérez Jiménez intentaría silenciar. Ante la bota militar que oprimía a Venezuela, miles de ciudadanos se congregaron no solo para escuchar el cierre de campaña de URD, sino para declarar en voz alta y en blanco su fe inquebrantable en la democracia. Este acto, inmortalizado como «La Noche de los Audaces Pañuelos Blancos», fue la respuesta popular a la tragedia reciente: el vil asesinato de Leonardo Ruiz Pineda.

Al tomar la palabra el tribuno Jóvito Villalba, el Nuevo Circo se transformó en un mar de tela blanca. Estos pañuelos, emblema de Acción Democrática, no eran meros accesorios; eran banderas de coraje agitadas por un pueblo que había cambiado el miedo por la audacia. La demostración fue una síntesis perfecta del espíritu democrático: la unificación de voluntades bajo un ideal común. Los pañuelos blancos manifestaron que la mayoría del país, la base popular adeca, estaba lista para el cambio de rumbo y para derrotar a la tiranía en las urnas.

Fue una sentencia de victoria, cantada con la esperanza en el pecho y el desafío en la mano. Aunque la historia nos recuerde que el resultado electoral fue robado y condujo a la consolidación de la dictadura, el verdadero triunfo de esa noche no fue político, sino moral. El coraje de esos miles de venezolanos, arriesgando su libertad solo por alzar un trozo de tela, estableció un referéndum de dignidad. Los pañuelos blancos de 1952 son el recordatorio perenne de que, incluso en la oscuridad más profunda, el espíritu de un pueblo libre siempre encontrará una forma de ondear.

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