Que 80 Años después se Pose En las Cabezas de Los Gobernantes el Espíritu de Las Naciones Unidas

Por Edmundo Abigail Prieto Silva. 

«Si los que atentan contra la libertad ajena y contra la seguridad de los Estados pueden impunemente conspirar para destruir la democracia; si el abuso de unos compromete el pacífico disfrute de las garantías de los demás, sin que haya poder de control capaz de impedirlo, siempre estará en peligro la libertad para todos…»


—Luis Beltrán Prieto Figueroa

El pasado 24 de octubre se cumplieron 80 años de aquel histórico día de 1945. “Estrangulado el monstruo del nacifascismo —señala Luis Beltrán Prieto Figueroa—, se hacía efectivo el pacto de unión entre los pueblos que habían luchado por la libertad y la democracia”, con el propósito de seguir unidos para “mantener la paz y la seguridad internacionales; para cooperar en la resolución de los problemas internacionales de carácter económico, social, cultural o humanitario, y en el desarrollo y estímulo del respeto a los derechos humanos y las libertades fundamentales”.

Unidos en la guerra para aniquilar a los enemigos de la libertad, ahora los pueblos libres hacían promesa de permanecer unidos para hacer efectiva la paz y el disfrute de los derechos que de ella dimanan, en una completa convivencia y en una total lealtad de propósitos. Las Naciones Unidas surgían, como todas las grandes instituciones de la humanidad, del seno de la catástrofe. La guerra, que había desencadenado los odios y las pasiones primitivas de los hombres, que había hecho naufragar las esperanzas de la humanidad sembrando el miedo y el desconcierto en los corazones, hizo también propicia la oportunidad para una alianza de espíritus, con el propósito de proscribir la fuerza y la contienda armada como medio para dirimir las diferencias entre pueblos, y como instrumento de conquista.

Las Naciones Unidas —continúa Prieto Figueroa— surgían a la vida como una tabla de salvación en el naufragio de la fe, y la organización misma se ha convertido en la “depositaria de las esperanzas de la humanidad”.

Aleccionados los conductores del mundo por el fracaso de la Sociedad de las Naciones —surgida como pacto tras la Primera Guerra Mundial—, quisieron proteger a la naciente organización de las Naciones Unidas con el máximo de garantías, haciendo eficaz el lazo solidario y sin defraudar la confianza que en ella depositaban los pueblos que habían padecido los horrores de la más sangrienta y destructora catástrofe contemplada por la humanidad a través de los siglos.
Por ello, la organización no surgió como un tratado firmado entre naciones, sino como un acuerdo simbólico de pueblos, introduciendo en el derecho internacional como sujeto de obligaciones y derechos no a la construcción jurídica del Estado, sino a la humanidad entera: en sus pueblos que sufren, en sus niños que lloran, en sus mujeres angustiadas por el porvenir de sus hijos.

Por eso, en el preámbulo de la Carta Constitutiva se comienza diciendo:
“Nosotros, los pueblos de las Naciones Unidas, resueltos a preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra —que dos veces durante nuestra vida ha infligido a la humanidad sufrimientos indecibles—, a reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas; a crear condiciones bajo las cuales puedan mantenerse la justicia y el respeto a las obligaciones emanadas de los tratados y de otras fuentes del derecho internacional; a promover el progreso social y elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de la libertad, hemos decidido aunar nuestros esfuerzos para realizar estos designios.”

Este escrito, tomado casi textualmente del Maestro de Maestros, Maestro de América, Dr. Luis Beltrán Prieto Figueroa, fue publicado en 1959, cuando se preparaba el Proyecto de la Constitución de 1960, y de un borrador que le suministré a los combatientes Aristóbulo Istúriz e Isaías Rodríguez para el proyecto de Constitución vigente.

Y pareciera que el espíritu de Luis Beltrán Prieto Figueroa, desde el Panteón Nacional, nos exige a todos y todas que luchemos, porque el imperialismo acecha a Venezuela y a toda América con invasiones y violaciones a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, 80 años después del 24 de octubre de 1945.

Concluyo estas Palabras Emergentes con unos versos del poema La Esfinge Yankee, de mi tío abuelo, también asuntino, Dr. Henrique Santa María Albornoz Lárez, quien a comienzos del siglo XX —en 1907— tuvo visión de las acciones del Águila del Norte contra los pueblos de América, denunciando con clarividencia visionaria la fatídica Enmienda Platt y previniendo a América sobre el peligro del expansionismo imperialista:

“Al golpe de la barbarie ha sucumbido Cuba,
y la raza latina, castigada por sus errores,
acaba de sufrir América una nueva derrota.”
Mientras los pueblos no busquen en la unidad de acción
el derecho del derecho,
la fuerza no son pueblos.
Son rebaños, hordas abyectas,
sin otra cohesión que las necesidades del momento…

Con estas cuartillas, y por la unidad en defensa de nuestra soberanía, concluyo estas Palabras Emergentes.

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