Miguel Ángel Mata Silva
Por Edmundo Abigail Prieto Silva.
«Pero si falta el libro, si nadie guía y prepara al adolescente, si no encuentra la idea elaborada que lo impulse hacia los altos vuelos, desgraciadamente caerá en la procacidad negadora de todo ideal; se entregará en manos del vicio, arrastrado por sus instintos sin frenos modeladores y sin canales conductores. Prevenir esta caída es un deber que no debemos eludir…»
—Luis Beltrán Prieto Figueroa
Con este mensaje del Maestro de Maestros y Maestro de América, Hijo Ilustre de La Asunción, se nos entrega un mensaje a García en estos tiempos en que la juventud está siendo alienada culturalmente por algunas redes sociales. En lugar de adentrarse en la magia de los libros, están siendo convertidos en “zombis transculturales”.
Afortunadamente, se ha rescatado la Biblioteca Loreto Prieto Higuerey, de manos de quienes no tenían idea de lo que es un libro, y mucho menos de lo que representa la magia de la lectura.
En esta edición de Palabras Emergentes, quiero dedicar unas líneas a un personaje olvidado, conocido únicamente cuando las ondas AM y FM lo mencionan al identificarse. Se trata de otro Hijo Ilustre de la ciudad de La Asunción: escritor, poeta, cronista, historiador, periodista, psicólogo, sociólogo y político de altura: el Dr. Miguel Ángel Mata Silva. Es reconocido principalmente por ser el autor de la letra de nuestro Himno Regional del Estado Nueva Esparta, el “Gloria al Bravo Pueblo”. El pasado 2 de octubre celebró un año más de vida.
Quiero enfocarme en un mensaje que, años atrás, ofreció en una intervención pública, titulado La Rosa de mi Ofrenda. A continuación, fragmentos de su elocuente discurso:
“…hacer la ofrenda de mi humilde palabra… ponerla como tributo referente, permitir que os manifieste la notoria pobreza de mi ofrenda, en la que no encontraréis más valor que la patriótica ingenuidad y el fervor con que la ofrezco, y el que vosotros queráis generosamente concederle con vuestra benévola atención y beneplácito.
Cuando el divino Darío, en uno de sus más deliciosos poemas —La Rosa Niña—, que sin duda recordaréis porque al ser leído se hace inolvidable, narra que cuando los Reyes Magos regresaban de ofrecer al Niño-Sol ricos dones de incienso, mirra y oro, encontraron en el camino a una pobre niña que les suplicó le prestaran la estrella para llegar hasta Aquél, a cuyo alrededor, como decía Fray Luis de León, danzaban ‘ángeles y pastores juntamente’.
Ellos ascendieron; la estrella tornó a Belén y la niña pudo llegar ante el Niño-Lucero. Quedó pasmada, pálido el semblante, al ver tan ricos dones y no tener ella nada que ofrecer en su pobreza. Avergonzóse, y a tal punto que se fue poniendo rosada, rosada, rosada, de amor y de rubor, hasta que una buena hada, compadecida, tocándola con su varita de oro, la fue convirtiendo poco a poco en rosa. Al fin, la niña pudo ofrecer en homenaje al Dios, como su mejor ofrenda: ‘su cuerpo hecho pétalos y su alma hecha olor’.
Señores: aquí la divinidad son nuestras glorias; mi alma, la pobre niña sin fortuna; el hada bondadosa está en vosotros. Dejad, pues, que ante la divinidad de nuestras glorias —que descansa sobre el pajizo lecho y siente sobre la faz lumbrosa el resoplido del buey y nuestras fatigas seculares—, dejad que mi alma se avergüence ante los ricos dones de oro, incienso y mirra que ofrecen esos Reyes Magos de la palabra que se llaman poetas, oradores y escritores.
Y ya que una estrella benigna me condujo, y que mi alma, como aquella niña, no tiene nada que ofrecer sino ella misma, tocadme con vuestra varita de oro, haced el milagro: oh, gentiles damas, cuyo acento me suena a música celeste y cuyos labios no se abren sino como la madreperla, como la flor, fragancias; como el panal, dulzuras. Oh, cultos caballeros, en quienes se comprueba que la indulgencia está en proporción a la inteligencia. Oh, noble pueblo heroico, a quien hacerme grato hablar, no con débil palabra, sino con la garganta de oro de los clarines de la fama o la neptúnica de las bocinas de los recios caracoles rosados que os recuerdan vuestras epopeyas de la guerra, de la paz y del mar.
Así mi alma, toda encendida de amor y de rubor, en esta nueva Epifanía, podrá deshojarse pétalo a pétalo, como una rosa en la natividad de esta segunda centuria de nuestras glorias. Ese Niño-Sol, que cada año nace puro y hermoso —rico en su pobreza, pobre en su riqueza—, con la divina desnudez de una flor o de una perla, y que, cual si fuera eternamente nuevo, seguirá renaciendo entre creciente alegría, cada vez más hermoso y puro, a la manera del sol en todas las mañanas, cuando viene a traer la primavera…”
Con estas palabras, rindo homenaje a este Ilustre Margariteño, Hijo de la Heroica y Prócer Ciudad por antonomasia: La Asunción de La Margarita, el Dr. Miguel Ángel Mata Silva.
