EL ALBA DEL PRIMER PDN (1936)

César Malavé Carvajal

Tras el largo período de la dictadura, con la muerte del tirano en 1935, un hálito de esperanza despertó las conciencias de la nación. Toda Venezuela, atestiguó el retorno de los hijos pródigos de la Generación del 28, aquellos estudiantes exiliados, y vio cómo las celdas se abrían para liberar a los presos políticos. Con la simiente de la formación intelectual y el crisol de la persecución en su haber, esta vanguardia se dispuso a tejer, a lo largo del vasto lienzo patrio, las primeras mallas de la organización progresista. Así, en un ferviente y desigual amanecer político, germinaron agrupaciones como ORVE, el Bloque Nacional Democrático (BND) del Zulia y el Partido Republicano Progresista (PRP).

Comprendiendo la urgencia de oponer un dique sólido a la ola represiva del nuevo régimen con los gamonales del gomecismo y con la visión de un país transformado, estas fuerzas ideológicas buscaron la unidad. El intento fue audaz y precursor: la primera gesta en la historia venezolana por articular una estructura partidista nacional y coherente. No obstante, esta epopeya de la unidad fue prematuramente truncada por las inevitables arenas movedizas de la táctica, los matices ideológicos y las estrategias divergentes. Pese a este primer naufragio, su valor histórico es innegable. La organización se bautizó como el Partido Democrático Nacional (PDN), nombre sugerido por Rómulo Betancourt. Él, sin embargo, contemplaba con profunda cautela la presencia de los comunistas; agrupados en el PRP; a quienes veía como meros ecos de la directriz soviética, desprovistos de autonomía en el pulso nacional.

Superando los escollos iniciales con un pacto de voluntades, el 28 de octubre de 1936 se oficializó el nacimiento del primer PDN, con un carácter marcadamente izquierdista y una tesis programática que abrazaba la democracia y el progreso. La directiva se erigió con Jóvito Villalba como secretario general y Rómulo Betancourt en la Secretaría de Organización. En esta junta, una figura de nuestra propia tierra brilló con luz breve e intensa: el joven maestro asuntino Miguel Suniaga, quien asumió la vital secretaría de Educación y Formación Laboral. Suniaga, un hombre de La Asunción, simbolizó el sacrificio y el fervor de aquella generación. El destino, sin embargo, le deparó una efímera militancia. Perdió la vida trágicamente el 18 de diciembre del mismo año, a escasos días de cumplir sus 32 años, mientras cumplía su deber gremial y partidista. Su memoria es un eco doliente en la historia fundacional del PDN, un partido que Rómulo Betancourt, en su posterior narrativa, optaría por silenciar, dejando en la penumbra el sacrificio de sus primeros pasos.

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