UNA CAÍDA INESPERADA: EL ÚLTIMO CAPÍTULO DEL LÍDER

César Malavé Carvajal

Nueva York, la ciudad que nunca duerme era el escenario escogido por Rómulo Betancourt, para un retiro de descanso y trabajo. A sus 73 años, el Padre de la Democracia; como todo político de verdad se mantenía diligente. Su mente seguía activa, concentrada en una tarea monumental: la escritura de sus memorias. Llegó a la metrópoli el 7 de septiembre, acompañado por su esposa, Renée Hartmann, y su fiel perrita, Tutu. El plan era sencillo: alejarse del bullicio de la política venezolana y dedicarse a la pluma, plasmando en papel la historia de un país y de un hombre. En un apartamento prestado, su rutina se había convertido en una apacible mezcla de lectura de periódicos, caminatas y largas horas frente a la máquina de escribir.

La tranquilidad se rompió abruptamente el 24 de septiembre. De acuerdo con el testimonio de su esposa, el líder se encontraba escribiendo como de costumbre esa mañana. Sus memorias ya conformaban varios capítulos en ese momento. Tenía los pies bajo el escritorio, uno muy cerca de una especie de papelera de metal. Al intentar pararse, no se percata que uno de sus pies está entre las patas de aquella pesada papelera, que le hace perder el equilibrio. El golpe fue seco. Betancourt, con la lucidez que lo caracterizaba, pensó de inmediato que se había fracturado las costillas. «Me fracturé las costillas», le dijo a Renée. Pero ella, con su formación de psiquiatra, sabía que algo más grave había ocurrido. La prueba fue simple pero contundente: le pidió que le apretara la mano, primero la derecha, y lo hizo sin problema. Luego, le pidió que lo intentara con la izquierda. El silencio y la inmovilidad de esa mano confirmaron el peor de los diagnósticos: un derrame cerebral masivo.

Inmediatamente fue trasladado de emergencia al Doctor’s Hospital. La noticia viajó a Venezuela, generando consternación en todo el país. Los siguientes cuatro días fueron una vigilia en la distancia. Betancourt permaneció en estado de coma, sin recuperar la consciencia. El 28 de septiembre, a las cuatro y media de la tarde, su corazón dejó de latir. El deceso del hombre que había marcado la historia política de Venezuela y que había sentado las bases de la democracia, cerró un capítulo. Su cuerpo fue repatriado, y su funeral en Caracas se convirtió en una de
las manifestaciones de duelo popular más masivas en la historia de la nación, un último adiós a un hombre que, incluso en su final, seguía siendo un símbolo de la historia venezolana.

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