LA ANTORCHA DE LA CRÓNICA RENOVADA PARA SEMBRAR EL FUTURO DE ARISMENDI

César Malavé Carvajal

En el corazón de la Isla de Margarita, donde el alma de La Asunción late al ritmo de una historia que se ha forjado entre adoquines y gestas heroicas, se ha escrito un nuevo capítulo, no con tinta de efímeros mandatos, sino con la pluma imperecedera del patriotismo. Este no es un simple nombramiento administrativo; es un acto de profunda trascendencia. En un gesto de desprendimiento que honra a la política tradicional y mediocre misma, el alcalde Alí Romero ha alzado la mirada por encima de las trincheras partidistas para reconocer la esencia de una labor que es un fanal para el mañana. No eligió a la voz afín, sino al corazón genuino de la historia local.

Ese corazón tiene un nombre: Eleazar “Charles” Narváez. Un profesor, un erudito, un buscador de verdades ocultas en los archivos de la memoria colectiva. Su llegada al sitial de la crónica del municipio Arismendi no es la de un recién llegado, sino la de un digno sucesor, el eco de una voz sabia que se apaga para que otra, con la misma devoción, se encienda. Viene a recoger el testigo, a continuar el legado imponente de una figura tan emblemática como Leopoldo Espinoza Prieto, un patriarca de la historia que ahora confía su herencia a las manos de un hombre de letras. Una tarea no muy fácil.

Pero el acto más importante de todos, el que eleva este nombramiento a la categoría de poema, no es la silla que ocupa Eleazar Narváez, sino el sendero que se ha propuesto abrir. Su visión es clara y hermosa: no solo ser el guardián del pasado, sino sembrar la semilla del futuro en los jardines del saber. Su proyecto, un faro para la memoria, busca transformar a los estudiantes de los liceos en cronistas de su propio tiempo. Quiere que sean ellos, los jóvenes de La Asunción, quienes aprendan a hilar el hilo de su propia identidad, a narrar la historia de sus calles y de su ciudad. Al tiempo, debe ser el maestro de un oficio, de mi pueblo que, al igual que el campesino, transforma elementos humildes; el rumor de las calles, el gesto de una abuela, el aroma del pan recién horneado; el sustento de la memoria. Esto es lo que llamó Leopoldo el calendario histórico

Este acto es, en su esencia más pura, un acto de fe. Es la confianza depositada en el alma de los asuntinos, en su historia cotidiana y en la juventud para que, armados con la crónica como herramienta, puedan construir un futuro que no olvide su pasado. Es la prueba de que el más noble de los actos políticos es aquel que se desprende de la ambición para cederle el paso al saber. Es, en fin, una lección para el país y un regalo para la historia de Arismendi, un legado que ahora se cuenta en las voces de sus propios hijos.

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