Piñerúa: ¡Correcto!

Por: Pedro González Silva

Luis Piñerúa Ordaz era un dirigente de Acción Democrática que proyectaba una imagen de hombre serio, algo malgeniado, carente de simpatía. Era bajito y reservado. En el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez ocupó el Ministerio de Relaciones Interiores, un cargo acorde con su carácter.

Pertenecía a la llamada “vieja guardia” de AD, al betancourismo ortodoxo, así que no fue de extrañar que cuando Rómulo Betancourt comenzó a manifestar contradicciones con el gobierno de CAP, Piñerúa dejara el ministerio, y se lanzara a conquistar la secretaría general del partido, para que el betancourismo mantuviese el control del mismo, ante el distanciamiento con el presidente Pérez.

Una de las principales críticas de Betancourt hacia CAP, tenía que ver con la corrupción administrativa en su gobierno. De allí, comenzó a despuntar el liderazgo de Piñerúa, como Delfín de Betancourt, con la imagen de un hombre incorruptible, enemigo a muerte de las corruptelas.

Piñerúa logra la secretaría general de AD y al poco tiempo despunta como posible candidato presidencial de la tolda blanca para 1978. El partido decide algo que en aquel tiempo representó un hecho fuera de lo común y democratizador en un partido político: convocó a elegir el candidato, con el voto directo y secreto de su militancia.

Piñerúa inicia su precampaña, y desde un principio se lanza con lo que sería su eslogan durante todo el proceso electoral: ¡Correcto! Haciendo alusión a su imagen de hombre incorruptible.

En la precampaña, le sale un contendor de peso: Jaime Lusinchi, jefe de la fracción parlamentaria, quien contaba, solapadamente, con el respaldo del presidente Carlos Andrés Pérez.

Participaron unos 700 mil militantes en esas primarias, y Piñerúa se impone, casi duplicando a su contendiente: unos 400 mil votos y pico, contra unos 200 mil y algo más…

Aunque Piñerúa era oficialmente el candidato del gobierno, su campaña no se centró en defenderlo, y más bien hizo énfasis en el combate a la corrupción, sin mencionar directamente a la administración de Pérez.

Copei designó por aclamación a su candidato, Luis Herrera Campíns, quien adelantó una furibunda campaña contra el gobierno, mientras que el candidato del partido gobernante no se mostraba muy esforzado en defender aquella gestión.

Sin embargo, a pesar de la falta de carisma del candidato y la poca compenetración con el gobierno del cual su partido era representante, la campaña de Luis Piñerúa fue bastante buena, desde el punto de vista publicitario.

Contó, por una parte, con excelentes jingles, como por ejemplo uno donde un cantante con su cuatro preguntaba cantando: “¿Con quién estás tú compañero?”, y un coro respondía: “¡Con Luis Piñerúa, vale!”. Su propio apellido “Piñerúa” contó con una pegajosa melodía que se podía tararear y era fácil de reconocer, lo que motivó a su equipo de campaña a crear una pequeña armónica, que se popularizó como el “pito de Piñerúa”, con el que se podía entonar su nombre: PI-ÑE-RU-A…

El candidato hizo énfasis en su programa de gobierno, publicando pequeños folletos con sus propuestas. Junto al eslogan ¡Correcto!, también utilizó el lema: Capacidad y firmeza para gobernar.

No obstante, la campaña en su contra fue bastante “ruda”, y especialmente fue atacado por no contar con un título universitario. Se hizo burla de una propaganda del candidato en el que se describía su currículum, y mencionaban que se había graduado en “la universidad de la vida”. Con este punto hicieron mofa en toda la campaña, para dar la imagen de la poca preparación del candidato para ejercer la presidencia del país.

Ante tal campaña, hubo un hecho que pudo fortalecer un tanto más, la imagen de poca preparación de Piñerúa: Luis Herrera lo retó a un debate, y Piñerúa se negó, por lo que los copeyanos lanzaron la campaña de que el candidato adeco le tenía miedo a Luis Herrera.

Sin embargo, la batalla electoral del 78 estuvo muy reñida: en ocasiones aparecía Piñerúa un punto por encima de Herrera, y después, al contrario. Piñerúa parecía estar ganando al final de la campaña, y algunos medios de comunicación se “cuadraron” abiertamente con el candidato de AD.

El día de las elecciones no había un claro vencedor; ya en horas de la madrugada, se conoció que había triunfado el candidato de Copei, Luis Herrera Campíns, con una ventaja no muy grande, de unos 180.000 votos. Ambos contendores sobrepasaron los dos millones de sufragios.

A las pocas horas de conocerse los resultados, apareció en televisión Luis Piñerúa, reconociendo el triunfo de Herrera.

Aunque Piñerúa no volvió a ser candidato presidencial, tuvo una sutil intención de volver a aspirar para 1993. En los 90, durante el segundo mandato de CAP, su nombre volvió a ponerse en el tapete, como “hombre incorruptible”, y por tanto, crítico de la manera de gobernar de su compañero de partido, el presidente Pérez. Aparecía en las encuestas como “presidenciable”. Se puso de moda la “lista de Piñerúa”, que, según los rumores periodísticos, era un documento que guardaba el dirigente adeco, con un listado de corruptos del gobierno de Pérez. Sin embargo, tal “lista” quedó en el recuerdo como algo mitológico.

No obstante, a raíz de los sucesos del 4 de febrero del 92, y ante la debilidad institucional del gobierno de CAP, Piñerúa aceptó el Ministerio de Relaciones Interiores, como una señal de que la administración de Pérez estaba dispuesta a luchar contra la corrupción.

Sin embargo, no fue en ese punto donde destacó la gestión de Piñerúa, sino en su papel represor y censurador en tiempos convulsos, donde a cada rato había una manifestación popular, y la imagen de los militares rebeldes estaba por las nubes, mientras que la de los defensores de CAP, se iba al subsuelo. Finalmente, cuando CAP es destituido, Piñerúa se convierte en un cadáver político.

Una de sus últimas actuaciones, dejó una imagen muy amarga en la opinión pública, cuando encabezó como ministro, el allanamiento de Radio Rumbos.


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