La (el) calor
Por: Juan José Prieto
Los que nacimos y toda la vida llevamos el tiempo contado en esta tierra sorprendida por tanto mar, sonriendo a la luz que nos desvela desde el extremo de la madrugada hasta el punto y seguido del solazo que se quema como espiga en cada verano para abrigar otras orillas, esa otra parte del mundo lejana lamiendo otros mares.
Vivimos en el constante susurro de un fin atrevido, amenazante, desatando incendios como acusándonos del presagio de un adiós inminente, sin reparo en plegarias ahogadas de agonía. Estos días de medio año son sofocantes a toda hora. La calor desafía ardientemente cualquier intento por evadirlo con el viento frío de artificios tecnológicos que intentan apaciguarlo. Son días en los que suprimimos los ratos de estar fuera de la casa, se mide el tiempo de ir y venir a algún lado por temor al ardor, el espejismo y hasta el mal humor, todo por los estragos de la calor.
Una odisea es alejarse hasta otros pueblos de la isla por la inclemente claridad, demasiada luz y el asfalto a un tanto de doblegarse la alta temperatura. La gente se oculta hasta avanzadas horas de la tarde, con una noche que no promete nada más que oscuridad, el fresco sin rumbo no se apiada del bahareque, los perros escarban la tierra porque saben que pasarán otra noche bajo estrellas y no de nubarrones porque no huele a lluvia, sabrá Dios hasta cuando.
