EL ECO ETERNO DE MATASIETE: DONDE MARGARITA SE VISTIÓ DE GLORIA
Por: César Malavé Carvajal
En el telar inmemorial de la historia, hay hilos dorados que tejen el alma de los pueblos. Son acontecimientos sagrados, no meros datos en pergaminos empolvados, ni susurros confinados a la erudición de unos pocos. Son el pulso mismo de nuestra identidad, el rugido ancestral que resuena en cada fibra de nuestro ser. Pertenecen a todos, son patrimonio inalienable del pueblo, porque en
ellos se cinceló el carácter, la estirpe indomable que nos define como margariteños, como espartanos.
Estos hechos, grabados a fuego en la topografía de nuestra tierra y en la memoria colectiva, no solo nos enorgullecen; nos nutren, nos anclan a lo telúrico, a la esencia misma de nuestra existencia insular. Son la energía vital que fluye por nuestras venas, la herencia más preciada que nos legaron aquellos que, con su sangre y su coraje, forjaron el alma de esta Nueva Esparta. Y uno de esos
destellos sublimes, que baña de luz imperecedera a La Asunción, a Margarita toda y a la Esparta Nueva, es la epopeya que transformó a la silente villa de Santa Lucía en la Ciudad Heroica.
Hace 208 años, el 31 de julio de 1817, el firmamento se abrió sobre las faldas de un cerro, y de su entraña brotó la gloria. Fue la Batalla de Matasiete, un crisol de valentía y determinación, donde el valor margariteño se alzó como un faro contra la tiranía. Matasiete dejó de ser solo una elevación de tierra; se convirtió en LA MONTAÑA DE LA GLORIA NEOESPARTANA. Sus laderas, otrora mudas, hablan hoy con la voz de los héroes, con el eco de los sables y el tronar de los cañones que sellaron el destino de una nación. Fue allí donde el arrojo de un pueblo, armado con su dignidad y su amor por la libertad, escribió una de las páginas más luminosas de nuestra gesta independentista.
Pero la gesta de Matasiete no fue un hecho aislado; fue el corolario de una historia forjada en el crisol de la adversidad y la grandeza asuntina. Es nuestro deber ineludible perpetuarnos en el tiempo como la ciudad que supo ser faro, que supo ser refugio, que supo ser la voz inquebrantable de la libertad. Que el eco de Matasiete y el susurro de las antiguas piedras de La Asunción nos inspiren a construir, hoy y siempre, la ciudad procera que soñaron nuestros héroes: un baluarte de cultura, civismo y orgullo patrio.
