Juan J. Prieto

 El eco de rezos y sombras de ánimas recorren los vetustos pasillos del Convento de San Francisco. El celaje de espíritus que vagan con sus penas de una esquina a otra, llevan siglos ocupando el jardín de adentro, como aquel día de su instauración en el año 1593, por el fraile Juan Ortiz de Valdivieso, donde en su iglesia mayor, cumplió con Dios oficiando el acto de lecturas cristianas y franciscanas.

 Eran los años luminosos del nuevo mundo, cuando, como cadenetas, urdieron trazos frescos los conquistadores, enrojecidos por las sorprendentes tierras a ocupar a su antojo, el Valle de Santa Lucía estaba entre sus planes. Sin vacilar, la oración se convirtió en un amanecer de adoración a palabras artilladas que brotarían desde las escasas gargantas que habitaban ese tiempo, sin adivinar los caminos de amenazas y susurros escandalosos que el tempus y el destino confabulaban a escondidas. Así pues, el Convento de Nuestro Seráfico Señor San Francisco de Margarita, que es su nombre, ha estado condenado desde la primera piedra, untada de tierra asuntina, colocada para propiciar su notable altivez.

Aun los arcos de medio punto soportan el tejar de su hechura rústica, pero solemne. Cuántas lluvias, junto al  inclemente clima acechando este tesoro antiguo, aunque inadvertido. 

 A diario vive sobresaltos como una inimaginable pesadilla, esa que impide su rehabilitación, y contraría su existencia de credo pastoral, además de pertenecer a la Provincia de Santa Cruz de la Española, creada en 1505. A juicio de sus dolientes, que son infinitos neoespartanos, se asoma cada día la desolación y aniqulamiento de esta reliquia que alguna vez (2 de agosto de 1960) fuera declarado Monumento histórico nacional de esta tierra de gracia. Desde ya se lamenta La Asunción, que esta joya del siglo XVI pase a ser, de un momento a otro, una huella de nuestro pasado colonial.

La Asunción 2025

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