Francisco lo volvió a hacer

Por: Juan J. Prieto L

Francisco Suniaga sube de nuevo al tapete literario de nuestro país. Su nueva novela: El Pacificador, es un viaje por mares bravíos en naves que certifican con su armamento y hombres decididos a defenestrar la razón de otros muchos a pisar su propio suelo, también corajudo. Ultramar es la patria de los usurpadores, la tierra ocupada por papeles de escrituras lejanas aun son capaces de ofrecer rastros de su obviedad. Francisco va juntando pedazos de una historia que nos salpica muy de cerca, porque se vivió según héroes de aquí, que apuntaron en alguna parte sus crónicas patriotas. Esta narración revive a Ciriaco en un gesto amable de su parte colocándolo como curandero en un festín de intrigas, trampas y engaños a orillas de la mar que oteamos a diario.

 Tomar de la mano al lector y subirlo al San Pedro, atravesar el Atlántico y ser testigo de su desaparición en las cercanías de la isla de Coche es relevante en un suceso que originará acontecimientos inesperados por los que deberá sortear el mariscal Pablo Morillo, el militar más astuto de la Real Corona Española, pero así mismo la presa más apetecible de otros lobos de mar. La misión de pacificar el desbarajuste confeccionado contra España en este lado del mundo, el mismo que se convierte en un marasmo de corrupción moral detestable, advertido por Sebastián Francisco de Miranda desde su camastrón allá en La Carraca, en el castillo de Las Cuatro Torres. Aquella clarividente confesión que nunca se apartó del entrecejo de Pablo Morillo en cada galope en lo que la guerra se fue convirtiendo, en un infierno, y él lo sabía, Morillo, porque Miranda se lo dijo.

Sabía también que el tesoro para el coste de la navegación era falso, porque Asorey lo advirtió, más sin embargo su convicción de militar obediente lo hizo terco combatiente contra su propio reino. Era su punto de quiebre.

Y uno va viajando y conoce de fortificaciones formidables, paisajes por demás exóticos. Los trazos de la sexualidad nos confirma que también la carne era preciada tanto para el macho como por la hembra. El General Arismendi consigue, a sus cuarenta años, el consuelo de la tierna Luisa Cáceres de apenas quince años de virginidad. Pablo Morillo se topa con una negra linda, Bernarda, que sacude su reciedumbre de soldado rudo. Por ambos lados hubo éxtasis como incansables amantes y una compañía inefable para aliviar su pena de no estar con Josefa, su esposa al otro lado del océano. El humor aclara la hombría del Mariscal al no aceptar colocarse una sortija del casco de burro negro para apaciguar los ardores de sus hemorroides, que ni cabalgar podía. No alcanzamos a imaginar su diestra empuñando una valerosa espada junto al pedazo de un burro. Un matiz literario que permite advertir el costumbrismo de una Venezuela con incendios en su ancha geografía.

Esta novela nos muestra personajes con impetus desaforados por participar en la revoltura de idealismos improvisados, la fuerza y resistencia serían el sello para ocupar liderazgos, en una rebatiña despiadada y colmada de una gloria que no encajaba en el estricto propósito libertario de aquella España, sino que más bien pasaba de ritos y credos por una migaja de fortuna.

El ritmo atrapa y el tono arrecia en cada palabra de Miranda acusando el devenir de un hombre que termina sus días solo, esperando morir. Los guerreros van quedando en sus señales abreviadas de triunfo, unas derrotas, unas victorias. Concluye este trenzado muy acertado a pesar de su ficción o como sostiene Leonardo Padura: «la ficción es una invención, donde el autor nos cuenta una mentira y lector la acepta como una verdad a sabiendas que es una mentira, pero es un juego limpio…» con el adiós del Mariscal, sin Asorey, sin Bernarda, solo, derrotado, a esperar su muerte al lado de Josefa, en una España que le confiscó su modo de pacificador.

La Asunción

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