Por: Pedro González Silva

Rafael Caldera: 109 aniversario

El pasado 24 de enero se cumplió el 109 aniversario del natalicio de Rafael Caldera, quien fuera presidente de nuestro país en dos períodos constitucionales: 1969’74, y 1994-99.

Caldera, a nuestro juicio, destacó por su perseverancia indoblegable y la convicción en sus ideas. Como político, cuando se proponía una meta, no descansaba, no “tiraba la toalla”, hasta alcanzar su objetivo.

Es así como logró triunfar en las elecciones de 1968, luego de tres intentos anteriores (1947, 58 y 63). Con tesón se fue ganando al electorado: empezó con doscientos mil votos, subió a 400 mil, luego a 580 mil, hasta lograr la victoria con más de un millón de votos.

Luego de ser Presidente en el período 69-74, esperó pacientemente 10 años para volver a aspirar, pues en aquel entonces, un ex presidente sólo podía postularse de nuevo, después de transcurridos dos períodos constitucionales.

En 1983, siendo Copei, la organización política que fundó en 1946, partido de gobierno, volvió a lanzar su candidatura, y aunque perdió, logró más votos que cuando obtuvo el triunfo en el 68, de aquel millón de votos pasó a obtener 2.200.000 votos, y de haber ganado con 29%, perdió con 32%.

Muchos creyeron que en aquel momento la carrera política de Caldera había terminado, sin embargo, en el 87 anunció sus nuevas aspiraciones presidenciales, y ocurrió el histórico hecho de su derrota interna dentro de Copei, a manos de su antiguo discípulo, Eduardo Fernández.

Sin embargo, tan catastrófico suceso en su vida política no lo derrumbó, mantuvo su meta de regresar a la Presidencia de la República, y logró su propósito en las elecciones de 1993, pudiendo así ejercer su segunda presidencia, esta vez sin el apoyo formal de Copei, aunque sí de una buena parte de la dirigencia y militancia copeyana.

Rafael Caldera fue además, una de las figuras más destacadas de la doctrina demócrata cristiana, y como tal, escribió uno de los libros más destacados sobre esta ideología política: “Especificidad de la Democracia Cristiana”.

Cuando uno lee este libro y conoce al personaje, se da cuenta de que efectivamente, Caldera fue, en sus actos de gobierno, y en su discurso político, un hombre totalmente coherente con los principios demócrata-cristianos que él defendía.

Por ejemplo, la democracia cristiana defiende como principio fundamental la dignidad del ser humano y el bien común, la justicia social y la atención a los más desposeídos, y defiende como valor fundamental de la sociedad, el trabajo.

Todas estas premisas llevaron a Rafael Caldera a destacarse en su profesión de abogado, en la rama del Derecho Laboral, hasta el punto de ser el principal impulsor de la Ley del Trabajo en Venezuela (1936), la cual tuvo una vigencia de más de 50 años, y luego, también fue principal protagonista de la nueva Ley del Trabajo aprobada en 1991, con carácter de orgánica.

Precisamente en aquel tiempo, el sindicalismo venezolano se encontraba en furibunda batalla contra las políticas catalogadas de neoliberales, del presidente Carlos Andrés Pérez.

En este tiempo, Caldera se definió como antineoliberal, y fiel a los principios demócrata-cristianos, se colocó al lado de los reclamos del sector laboral. En aquel entonces, las corrientes liberales deseaban eliminar la retroactividad de las prestaciones, y los laboralistas se oponían.

En este marco histórico, Caldera impulsó la nueva Ley Orgánica del Trabajo, que dio mayores beneficios sociales a la clase trabajadora, incluyendo la defensa de sus prestaciones, como un derecho irrenunciable.

No obstante, en su gobierno, aplicó en este aspecto laboral otro principio de la Democracia Cristiana: el bien común. Ciertamente el pago retroactivo de prestaciones estaba provocando en muchas empresas una carga económica que podía llevarlos a la quiebra, o por lo menos, representaba un freno para mejorar las contrataciones colectivas.

Por tal motivo, y de manera consensuada (cuando existían los diálogos tripartitos: trabajadores-patronos-gobierno) se aprobó un mecanismo intermedio para que la retroactividad siguiera funcionando, pero calculada por determinado período, para luego liquidar el acumulado, y no se hiciera impagable la deuda.

Con esta fórmula, se actuó conforme al principio del bien común, en donde trabajadores y empresarios tuvieran beneficios, en forma equilibrada.

Por aquel tiempo, en enero del 92, visité al ex presidente Caldera. Lo entrevisté para el extinto diario Economía Hoy. Me expuso su férrea oposición a las políticas económicas que adelantaba el presidente Pérez.

Caldera me comentó que era lector de mis reportajes en Economía Hoy; yo cubría la fuente Laboral, y me tocaba hacer entrevistas sobre el tema de la discusión de la Ley del Trabajo, las prestaciones; cubría CTV y otras centrales obreras, sindicatos, Ministerio del Trabajo, INCE, etc.

Aproveché como fiel militante copeyano, para pedirle a Caldera que me autografiara su libro “Especificidad de la Democracia Cristiana”. Había llevado mi libro con ese propósito en mente. Aun conservo como un tesoro, mi libro autografiado por este gran líder histórico de la democracia venezolana.

Un mes después, lo volví a visitar. Esta vez para concretar con él mi apoyo a su candidatura presidencial. Ya había ocurrido el suceso del 4 de febrero del 92, y ya había dado su discurso en el Congreso, que lo elevó a los máximos topes de popularidad en las encuestas.

Me preguntó “¿Dónde te agarró el golpe?” Le dije que en Guatire, y él, sonriendo, dijo: “Ahh la tierra de Rómulo…” Conversamos un rato sobre sus posibilidades electorales, y me incorporó a su campaña. “Vamos a echarle pichón”, me dijo como despedida…

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