Por: Juan J. Prieto L.*
Todo lo alistaba desde las primeras horas de la mañana. Desde hacía muchos años, todos los años, cada quince de julio Alicia se sentaba a llorar. Se sentaba en la ventana desde donde se divisaba el largo camino de tierra que se pierde entre árboles de eucaliptos.
La escena estaba lista igual que hacía cincuenta años, un vaso con agua, dos pañuelos de lana tejidos por sus manos prodigiosas, uno blanco y uno rojo. Pacientemente esperaba que el viejo reloj de pared ofreciera al silencio las doce campanadas del medio día. Se sentó en la mullida butaca mirando en silencio aquel camino que se tornaba lúgubre, igual cuando su amado se fue a la guerra y no volvió más.
A las doce con el pañuelo blanco secaba las primeras lágrimas del conmovedor suceso, con el rojo secaba las últimas como señal de haber recibido la infausta noticia de la desaparición de su amado.
*Periodista
